martes, 13 de enero de 2004

El Camino de Santiago. Cuaderno del peregrino.

Título: El Camino de Santiago. Cuaderno del peregrino.
Autor:
Jose María Alvear
Publicación
Madrid
Editorial
PPC, 2003
ISBN
84-288-1790-1



INDICE

Prepararse para hacer el Camino
Tras los restos del apóstol
Para vivir el Camino

Sendas:

I Una parábola de la vida
II. Ponerse en camino
III Vivir el presente
IV Un camino interior
V Escapar de la monotonía
VI Aceptar mis limitaciones
VII Vivir con lo necesario
VIII Abierto a los otros
IX La gratitud
X Dar las gracias
XI Con Dios por compañero
XII El camino me hace a mi

Momentos:

1. Las botas. “Sal de tu tierra”
2. La credencial. ¿Por qué estoy aquí?
3. La “Vía Láctea”. ¿Quién camina hoy contigo?
4. La concha. Dar y recibir
5. Los refugios. Tú y todos
6. Las flechas amarillas. ¡Abre los ojos!.
7. La mochila. ¡Todo pesa!
8. Los paisajes. ¡Qué maravilla!
9. El Bordón. Superar las dificultades
10. El diario. Conócete a ti mismo
11. Los puentes. Pueblos y personas
12. Pan y queso. No todo se compra
13. El sombrero. La soledad sonora
14. La puerta del perdón. Caminos sin salida
15. La capa. A la intemperie
16. Los cruceros. “Dios estaba aquí ... y yo no lo sabía”
17. La calabaza. Ligero de equipaje
18. El Pórtico de la gloria. Llegar a la meta
19. La Compostela. Ser peregrinos
20. La camiseta. Setenta veces siete

Oraciones
Albergues
Perfiles del Camino de Santiago desde Roncesvalles
Carta de presentación
La Compostela
Sellos
Notas
Extracto:

“CON DIOS POR COMPAÑERO”

(Págs. 119 a 123)
Para algunos, este capítulo no tiene mucho que ver con el tono que hemos mantenido hasta ahora, ya que hemos hablado de un Camino interior de corte espiritual, pero no religioso. Para otros, es el primer capítulo que se adecua al título,porque estaban esperando que les habláramos más de Dios y de Jesucristo.
En el planteamiento general de la guía, no he querido separar la fe de la vida, el Camino interior del exterior, el misterio del hombre del de Dios. Tengo la experiencia de muchos cristianos de buena fe que creen que van a hacer un Camino auténticamente religioso porque se paran a rezar a cada momento. Esto es especialmente frecuente entre grupos de parroquias o de colegios católicos. Pero al hacerlo se salen del propio mundo de los peregrinos. Para mí, el ejemplo típico de Camino religioso lo dan aquellas personas que se ponen cada tarde o por la noche a escribir su diario. Algunos anotan anécdotas, otros hacen memoria y narran las jornadas que han vivido; otros, sin embargo, quieren servirse de la escritura para profundizar, reflexionar, recordar lo vivido y dejar que cale hondo en sus corazones. Estos son los que están realmente dispuestos para hacer del Camino una experiencia verdaderamente religiosa. Los que se paran a rezar como algo programado, a lo mejor tienen una experiencia religiosa en el Camino, que es algo bien distinto, pero la misma experiencia la pueden tener en unos retiros, en un campamento o en una celebración. Lo importante es hacer de lo que estoy viviendo como peregrino espacio de encuentro con Dios. Y muchos peregrinos, al escribir su diario, dejan que lo que han vivido les cale más hondo en su corazón, allí donde Dios tiene puesta su morada.
Hoy asistimos a un alejamiento masivo de la gente de la religión institucional; algunos proclaman una vuelta de lo religioso, incluso mencionan el Camino de Santiago, pero es un retorno a una religiosidad, en cierta manera, no institucionalizada, no reglada, libre y, desde luego, muy personal, si no individual. A los cristianos nos está costando transmitir un mensaje que atraiga a la gente de hoy. Este distanciamiento se percibe como el fruto de una separación aún más importante: el mensaje de la fe y los problemas de la vida cotidiana. Necesitamos restablecer una comunicación fluida entre ambas, una relación que les es connatural.
El primer error que vivimos al valorar la religión, y que afecta a nuestras expectativas religiosas ante el Camino, es suponer que trata de “cosas religiosas”, que se vive en las iglesias pero que fuera de ellas esa lógica no funciona. “A Dios rogando y con el mazo dando”, dice el saber popular. Sin embargo, Jesús fue muy crítico con los comportamientos religiosos de su época y, aunque era un fiel cumplidor de la ley judía, supo poner la solidaridad, la vida y el amor por encima de ella. Los cristianos poseemos su Espíritu, y san Pablo decía que el templo de ese Espíritu somos nosotros y no los edificios. La experiencia cristiana quiere encontrar a Dios en la vida, descubrir a ese Dios que está en todas las tareas humanas. En la Ciudad del Vaticano acaban de inaugurar una capilla, llamada Redemptoris Mater, obra del maestro Marko Rupnik. En ella se representan en un gran mosaico escenas del misterio cristiano. Me llamó la atención la que hacía referencia a la resurrección. El artista y teólogo ha querido representar a los hombre y mujeres resucitando junto a las cosas con las que han amado en sus vidas, porque “el amor no pasa nunca”, como dice la primera carta de san Pablo a los Corintios. Allí está la secretaria con su portátil, el ingeniero con sus planos, el pintor con sus pinceles, el sabio con los libros…. y la niña con la pelota de juego. Es en la vida cotidiana donde se viven la fe y el amor. Hay que defender que el amor también sirve para la calle, y el trabajo, y la cultura, y la amistad… No podemos, por tanto, separar fe y vida.
El núcleo de nuestra fe no es otro que Jesucristo: Dios hecho hombre. Y desde la encarnación no hay nada humano que esté fuera del corazón del creyente. Para salvar a los hombres, Dios no ha escogido mejor manera que hacerse hombre. Con Jesús, Dios ha entrado en la historia de los hombres para compartirla hasta el fondo. Jesús es Dios, pero uno de los nuestros: sabe lo que son el cansancio y el dolor, lo que es la alegría, la fiesta y la amistad… Incluso la muerte y sufrir la injusticia y ser denigrado por los hombres. ¡Ojalá aprendiéramos esa lógica de la encarnación Para dar respuesta a los problemas de la vida! ¡Desde dentro, compartiendo la suerte de los demás, dejándose pringar por la vida, mojándose!
Para poder vivir su misma vida, Jesucristo nos envió su Espíritu par que pudiéramos seguir haciendo presente su figura en le mundo. Por eso los cristianos (y los hombres de buena voluntad), movidos por el Espíritu, continúan esa obra de Dios que es el amor, la justicia y la reconciliación… Pero el campo de la acción del Espíritu es la misma vida: el trabajo, la familia, el estudio, la vida de pareja, la amistad, la cultura, la política y todas las demás dimensiones de la vida corriente. En esos campos es donde quiere Dios que transformemos la realidad, con la ayuda del Espíritu, para que sea más digna, más justa, mas humana.
Tampoco podemos separar nuestra búsqueda de Dios en el Camino de las sendas que hemos pisado y los cruces en que nos hemos encontrado. Para hablar con Dios hay que vivir la virtud del silencio, pero no para mirar al cielo, sino para descubrirlo dentro de uno mismo, en los demás y en las cosas que nos han pasado en la jornada. El creyente es como aquel que en una jornada normal va escuchando esa música de fondo que lo acompaña siempre y le ayuda a encontrar un sentido, una profundidad y una belleza en los acontecimientos. Sería mejor que fueras cantando por los caminos o, si marchas en silencio, disfrutando de llevar tu corazón en Dios, que te acompaña en tu caminar.
Vivir desde la fe es vivir toda mi vida desde la profundidad que las cosas tienen. Todo en la vida puede dar lugar a una experiencia religiosa. Ese amanecer en medio de la belleza de la naturaleza puede recordarme a Dios Creador; pero la tormenta me puede sugerir que Dios es indomable. Puedo sentir la presencia del Altísimo en el corazón de un paisano, en la risa de un niño, en la dedicación de un hospitalero o en la generosidad de un compañero peregrino. También es posible que un acontecimiento me ayude a elevar mi pensamiento al cielo. Pero el espíritu privilegiado para sentir la presencia divina es mi propio corazón.
Si entras dentro de ti sentirás que estás habitado, que puedes hablar con El. El Camino de Santiago tiene muchas cosas que nos empujan a vivir desde el interior. Por eso, hacer un Camino interior desde las cosas que van pasando es condición necesaria para vivir religiosamente el Camino. La lógica de ser peregrinos nos enseña que para llegar a la meta hay que recorrer muchas etapas, y que nos seríamos tales si quisiéramos evitarnos el esfuerzo. No podemos pretender vivir religiosamente sin vivir desde la profundidad de la vida. Muchas veces tenemos la tentación, y nos convertimos en un escándalo. ¿Cómo ser cristianos sin vivir apasionadamente la vida, sin vivirla en profundidad? Si la fe no ayuda a vivir, no sé a qué puede ayudar.
Y es que tampoco creo que se pueda vivir el Camino interior, ese recorrido espiritual, y afirmar rotundamente que no se cree en Dios. En esto nos deberíamos llevar muchas más sorpresas. Porque la fe no es posesión, sin búsqueda, el verdadero creyente es el homo viator, el peregrino. Así lo ha entendido perfectamente la Biblia, que propone como modelo de fe a Abrahán, un auténtico peregrino que viajó toda su vida sin una morada fija, confiando solo en Dios, que le invitaba a ponerse en camino. ¿Buscas realmente un sentido a tu vida, una conversión de tu corazón? Calla y observa de dónde brotan esas preguntas.. o quién te susurra la respuesta. He conocido a muchas personas que sin haber pretendido tener un mínimo planteamiento religioso, no pueden negar que han sentido que Dios estaba especialmente cerca en sus etapas. Lo han descubierto como fuerza en los momentos de debilidad, como atracción hacia la meta. A veces no entienden muchas cosas que les han pasado si no es por la mano providente de Dios: si no hubiera estado presente, ¿cómo se explica que hayamos caminado a oscuras sin perdernos durante tanto tiempo? También podemos confiar que él ha sido el que ha fomentado tantas relaciones maravillosas entre peregrinos, con una confianza y una generosidad especiales, solo explicables si Dios está detrás de todo esto.
De todas formas, admitamos que uno puede no ver a Dios. Es posible. Pero no lo es menos que quien lo ve más claro. Porque la Iglesia debería dar una imagen más clara de ser ella misma peregrina: en camino, en búsqueda, sin grandes cosas en sus alforjas, dispuesta a compartir senderos con otros hombres y mujeres de su época, viviendo muchas veces a la intemperie y aguantando chaparrones. Con una comunidad cristiana así nadie puede sentirse mal. ¡Ojalá con las lecciones del Camino aprendamos a vivir nuestra fe de una manera tan abierta!

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