martes, 13 de enero de 2004

Meditaciones de un peregrino

Título: Meditaciones de un peregrino.
Autor: Vicente Malabia.
Publicación: Madrid: Narcea, 1999.



Índice

  • Introducción
  • Prólogo de José Ignacio Díaz
  • A los pies del Somport
  • El viejo sermón
  • La aurora
  • La cruz en la mochila
  • Sentado en el umbral
  • Magnificat
  • Padre nuestro
  • El sol de mediodía
  • El gozo del misterio
  • Al borde del camino
  • El misterio del dolor
  • El ocaso
  • Los pies
  • La gloria del misterio
  • El tiempo
  • La noche
  • Ausencias
  • Meditación en el Museo
  • Conversación maragata
  • Comunión
  • A orillas del Oribio
  • Compañera de viaje
  • Tedeum
  • El Pórtico de la Gloria
  • Finis terrae
  • Conclusión

Extracto
"La aurora"
(pp. 19-22)
"Hoy se levanta el peregrino, peregrino de la vida, muy temprano para iniciar el día recitando las palabras del salmo "¡Oh Dios, tú eres mi Dios, por tí madrugo!". Aún noche cerrada, recoge los esenciales pertrechos y sale a la luz de las estrellas. Quizás no haya liturgia más íntima y personal, tal vez más religiosa, que contemplar el cielo en la mañana. "Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio... mis ojos se adelantan a las vigilias". Hacia el poniente está el Cisne a quien escoltan dos grandes luminarias, Vega y Altair. Lucen Pegasus y Andrómeda que cobijan la galaxia M31 que el peregrino percibe siempre con débil claridad y sentimiento estremecido. Se echa en falta, muy en falta, a Venus que ahora es lucero vespertino y a la luna. A trompicones va buscando el peregrino adecuado lugar para contemplar la ancestral ceremonia, un sitio alto con amplio y despejado horizonte desde el cual observar sin obstáculo el nacimiento del sol. Ya instalado vuelve el peregrino a contemplar los altos cielos que el Padre Dios ha colocado en el fijo firmamento. ¿No serán las estrellas "las ventanas de la fábrica donde Dios trabaja" o los fuegos del hogar al que un día iremos o volveremos? Aldebarán y las Pléyades establecen la vigilancia hacia el oriente, heraldos y centinelas de la mañana. Todo se ha quedado quieto, detenido. No hay rumor de viento, ni de hojas, ni de pájaros. Todo parece en suspenso, expectante ante el cotidiano milagro de la aurora. Sentado en la postura de loto con las palmas abiertas, orientado hacia la luz, tiene el peregrino la sensación de ser el único ser humano en el mundo que está esperando la salida del sol y que para él va a brillar de forma singular. Quiere convertir la salida del sol en rito, en momento celebrativo, en símbolo de lo real. Unos cuantos ejercicios respiratorios ponen en cuerpo a punto. El cielo se va llenado de luz lentamente, muy lentamente. Se va amortiguando el brillo rutilante que lucían las estrellas apenas un momento. El silencio expectante es aún mayor, más profundo. "El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra". El salmo va rodando por la mente: el cielo... la gloria... de Dios... como una letanía interminable se suceden cielo... gloria... Dios... una y otra vez mientras la claridad va ganando terreno a la tiniebla. Se asemeja esta mañana en la mente del peregrino a aquélla otra primera mañana de la creación cuando el rocío estaba fresco y todo era nuevo, recién acabado de crear. Piensa que aquel momento no es algo viejo, ya pasado, sino que ahora es el momento en que se está engendrando, que es el mismo momento redivivo. Lo atestiguan el silencio, el frescor, la quietud, las gotas de rocío. La aurora va llenando de luces el oriente y unas nubecillas que han aparecido con la luz le da forma. Se le ocurre al peregrino que este comienzo de amanecer que rememora el primero evoca, anticipa, memorializa aquel definitivo que inició cumplidamente el tiempo nuevo: la mañana bendita que vio la gloria de la resurrección. La primera mañana del paraíso que se materializó en aquélla segunda que vio la tumba vacía, se unen simbólicamente a ésta cuando la claridad anuncia el sol que se adivina bajo el horizonte: el tercer día llega para el que ansía encontrase con Aquel que se presenta al clarear el día. "En la mañana hazme escuchar tu gracia", "descubre tu presencia". Sentado frente al lugar que concentra la claridad que va a dar paso al sol en el horizonte, las manos extendidas para acoger la luz, inspirando el viento del espíritu, deja el peregrino que lo acaricie la aurora de rosados dedos y le ayude a despertar y ver cuando está amaneciendo a Jesús que se presenta en la orilla, en la orilla de su lado, a la vera del peregrino. El sol en el horizonte es iluminación, luz, brillo, esplendor. "Cristo, alegría del mundo, resplandor de la gloria del Padre, bendita la mañana que anuncia tu esplendor al universo". Con los ojos abiertos al esplendor, contempla el peregrino al sol que asciende majestuosamente sobre el mundo "como un héroe a recorrer su camino", como una fuerza generosa, creadora y dirigente. La tierra es el altar sobre el que asciende la hostia consagrada del sol: Cristo, sol invictus, sol iustitiae, sol veritatis, corazón del mundo, Cristo resucitado en el día del sol. El corazón se funde hecho plegaria: "Que vivamos como hijos de luz y no pequemos contra la claridad". Un nuevo día le ha sido concedido al mundo.

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