lunes, 16 de febrero de 2004

Al borde del Ouribio

Al pasar Triacastela tomas el camino de Samos que te va a llevar a uno de los más recónditos paisajes del Camino. En él vas a encontrar la Galicia que esperas, la más tópica, la más repetida: agua, castaños, robles, helechos, soledad. Silencio apenas roto por el mugido de las vacas y los vehículos de la carretera que, al otro lado de la vegetación, aturden. Parece que camino y río se unen, se identifican: ambos van a dar a la mar...

Llevas ya muchos días caminando y te han ocurrido tantas cosas profundas, misteriosas, que vas sintiéndote como una persona nueva, en cierto modo la misma, pero en cierto modo radicalmente distinta de aquélla que empezó a caminar sin saber muy bien por qué ni para qué. Sabes que algo nuevo ha ido naciendo en ti. Es buen momento para celebrar el rito de la renovación por el agua y el espíritu.

Busca un tranquilo lugar junto al río donde puedas sumergirte. Escucha cantar el agua, escucha la canción del río. "Nuestras vidas son los ríos..." Piensa en el agua: ella está en el origen de la vida, compone las tres cuartas partes del planeta, de los eres vivos y de tu persona. También significa la muerte pues las creadoras aguas de la vida son también aguas de muerte. Sin embargo, esa muerte por el agua nunca es definitiva ya que empreñada de gérmenes, en ella la vida reaparece bajo regeneradas formas. Así que sumergirse en el agua es meterse en la muerte, allí se opera la disolución y la desintegración de las formas preexistentes, y ello opera una nueva fase de reintegración y nacimiento. Esta es la significación del bautismo cristiano: "El bautismo representa la muerte y la sepultura, la vida y la resurrección... Cuando metemos la cabeza en el agua como en un sepulcro, el hombre viejo queda sumergido, enterrado todo él; cuando salimos del agua, aparece simultáneamente el hombre nuevo" (San Juan Crisóstomo).

Con estos pensamientos, despojado de todo, penetras en el agua invocando la fuerza del Espíritu de Dios. Anegadas en el agua quedan las fuerzas negativas. Siente que brotan en ti con fuerza nueva los valores vividos en el camino: el silencio, el encuentro contigo mismo y con Dios, la sobriedad, la pobreza, la gratuidad, la limpieza de miras, la acogida, el compartir, el compañerismo, la unidad con la tierra, el sol, el viento. La vida que te vive fuera de los circuitos establecidos por el consumo, la competitividad o el dios dinero; la vida para la que no nos hacen falta tantas cosas sino corazón y espíritu nuevos.

Fuera ya del agua, frente al sol, entona lentamente la fórmula del credo pues la fuerza del Padre, del Hijo y del Espíritu es quien ha originado en ti la sed de vida auténtica.

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