jueves, 12 de febrero de 2004

Santiago en España

Después de la Ascensión del Señor los apóstoles se repartieron las distintas regiones donde cada uno debía cumplir la sagrada misión de predicar el Evangelio. A Santiago le tocó en suerte la lejana Hispania pero su misión no tuvo fortuna. Es aquí cuando entra en escena la Virgen María que, sobre un pilar y a orillas del Ebro, se aparece al Zebedeo y le conmina a volver a Jerusalem en vista de los pocos frutos conseguidos.

Allí le esperaba el martirio por orden de Herodes: fue decapitado y su cuerpo y cabeza arrojados al campo, sin sepultura. Por la noche, los discípulos recogieron el cuerpo de su maestro y lo llevaron a la orilla del mar a la que llegó una embarcación aparejada y sin tripulación. Subieron el cuerpo y durante siete días o en una noche, la barca, llevada por una Mano Divina, atravesaba el Mediterráneo, cruzaba Gibraltar, bordeaba las costas portuguesas y entraba en el puerto de Iria; allí lo desembarcaron y ocurrió un suceso extraordinario: el cuerpo del apóstol se levantó en los aires hasta verse en el centro del radiante sol para luego desplazarse hasta el lugar que sería su sepultura. Es la llamada Traslatio.

Los discípulos, compungidos, avanzaron unas doce millas hacia Oriente por los dominios de la reina Lupa -loba- una mujer entregada a la idolatría a la que pidieron un lugar donde enterrar dignamente a su maestro. Pero Lupa les envió a los territorios del rey Duyo que los encarceló con intención de matarlos. Los discípulos huyeron volviendo al reino de Lupa que les mandó al monte Ilicino (Monte Sacro), donde había toros indómitos, con el fin de que éstos acabaran con el grupo, pero los seguidores de Santiago, armados con el signo de la cruz amansaron a los animales que se dejaron uncir a una carreta sobre la que colocaron el cuerpo del apóstol. La reina, ante tantos prodigios, se convirtió al cristianismo y cedió su palacio para sepultura y templo.

El cuerpo de Santiago y de dos de sus discípulos y sus sepulturas quedaron en el olvido durante siglos, pero el recuerdo de la presencia del apóstol en tierras hispanas hizo de ella una tradición y sólo el reino asturiano, tras la destrucción del reino visigodo (711), mantuvo viva dicha tradición.

El descubrimiento de la tumba de Santiago el Mayor entre 812 y 820 está recogido en la documentación compostelana de los siglos XI y XII, y en ella se van entretejiendo las tradiciones históricas con los elementos maravillosos que dieron lugar a las leyendas jacobeas.

En la diócesis de Iria Flavia, Pelayo -Paio-, un ermitaño, presencia una serie de fenómenos que no pueden ser más que una revelación divina: en el bosque ve luminarias -estrellas que caen sobre un determinado lugar- y oye canciones de ángeles. También lo ven los feligreses de San Fiz de Solobio y todos se lo comunican a Teodomiro, obispo de Iria, que decreta un tiempo de ayuno tras el cual acuden al bosque y encuentran el mausoleo, identificándolo sin vacilar con el sepulcro del apóstol Santiago. Es la llamada Inventio. Precisamente, del prodigio luminoso surgiría el nombre de la ciudad: Compostela, Campus Stellae o "Campo de las Estrellas", aunque otros apuntan a que sea la derivación de la palabra compositum, "cementerio".

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