lunes, 16 de febrero de 2004

Santiago

"Ya están pisando nuestro pies tus umbrales, Jerusalén". Compostela, ciudad santa, que me acoges peregrino, como vienes haciendo cada día desde hace más de un milenio...

No conviene dispersarse. Toda la peregrinación puede coronarse hoy espiritualmente si se está atento, o puede descabezarse si se distrae con las muchas atracciones ofrecidas a los turistas. Entra en la ciudad santa ligero, golpeando el suelo de piedra con tu bordón. Dirígete a la catedral; busca la Plaza del Obradoiro y plántate ante su gran mole. ¡Por fin estás aquí! Haz la señal de la Cruz, pues aún no has terminado tu peregrinación, sino que está en su punto más trascendental. Rodea por completo el templo antes de penetrar en él, diciendo el siguiente verso del salmo 25: "Lavo en la inocencia mis manos y rodeo tu altar, Señor, proclamando tus alabanzas, enumerando tus maravillas. Señor, yo amo la belleza de tu casa, el lugar donde reside tu gloria".

Completada la circunvalación de la catedral, entra en ella por el Pórtico de la Gloria. Allí, bajo ese grandioso cuadro, saluda efusivamente al Señor Santiago, e intenta leer con atención la cartela con la que te da la bienvenida: "El Señor me envió a vosotros". Únete a continuación con los ancianos del Apocalipsis, y repite la alabanza cósmica de toda la creación a Cristo Pantocrátor:

Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder; porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.
Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra.
Digno es el Cordero degollado de recibir el honor, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

Por fin, dirígete por el centro de la nave central hacia el altar mayor, diciendo con el salmo 42: "Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría".

La importancia de ese altar es capital: constituye el fin último al que ha tendido todo tu caminar. Aun inconscientemente te has dirigido hacia este lugar. Por ello, nuevamente has de circunvalarlo, para introducirte gradualmente en el misterio de tu propia transfiguración, mensaje máximo de tu Camino. Para ello, siéntate en los primeros bancos de la nave, desde donde puedas ver el altar de Santiago, antes de iniciar su circunvalación. Lee allí el relato de la transfiguración del Señor, tal como lo presenta el evangelista Marcos:

Jesús les decía también: Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios. Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías; -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, escuchadle. Y, de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte, les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Prepárate a subir el último monte de tu Camino, junto con los apóstoles Santiago, Juan y Pedro, el del monte de la Transfiguración. Iniciemos para ello la circunvalación del altar de Santiago por la parte derecha del deambulatorio. Te encontrarás primero con las capillas del Pilar y de la Concepción. A continuación, está una de las capillas originales de la cabecera románica, la de San Pedro, el que propuso al Señor la construcción de tres tiendas porque sobre el monte se estaba bien; Pedro, el que confesó a Jesús como Mesías y que fue constituido en roca sobre la que edificar la Iglesia. Di, ante su altar, la siguiente oración: "Dios todopoderoso, no permitas que seamos perturbados por ningún peligro, tú que nos has afianzado sobre la roca de la fe apostólica. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén".

A continuación, te encontrarás con la Puerta del Perdón. Como Jacob, has accedido a un lugar santo, al monte del Señor. Estás a punto de ser transfigurado, divinizado. Unirte a Dios implica rechazar cuantos pecados han mancillado tu existencia. Más tarde llevaremos a plenitud el rito de la reconciliación. Ahora, simplemente, repite el salmo De profundis, tal como hacían tus antepasados en este mismo lugar:

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.


Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.


Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.


Aguarde Israel en el Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Sigue adelante y, por fin, te encontrarás con la Capilla del Salvador. Esta advocación se refiere al Señor transfigurado (como en Leire o Santo Domingo de la Calzada). Sobre el monte, Jesús mostró a los tres apóstoles su divinidad, transfigurando su naturaleza humana. Era el Cristo que habría de resucitar de entre los muertos, glorificando la humanidad asumida. Aquí, en la cabecera de la catedral, contempla el destino al que llama el Señor todopoderoso, tal como lo atestiguan Santiago, Pedro y Juan. Ante la Capilla del Salvador, di la siguiente oración: "Señor, Padre Santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alégranos con el gozo interior de tu Palabra; y, purificados por ella, contemplaremos con mirada limpia la gloria de tus obras. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén".

Por si este grandioso destino no te ha quedado suficientemente atestiguado, tras la Capilla de Nuestra Señor la Blanca, te lo viene a repetir otra de las antiguas capillas románicas, la de San Juan. En verdad fue llamado, junto con su hermano Santiago, hijo del Trueno, pues su voz afirmó como un trueno la divinidad transfigurada de Jesús: "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios". Ante su altar, di la siguiente oración: "Dios y Señor nuestro, que nos has revelado por medio del apóstol San Juan el misterio de tu Palabra hecha carne; concédenos, te rogamos, llegar a comprender y amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén".

Cumplida esta peregrinación ritual, vuelve a situarte ante el altar mayor, dedicado a Santiago. Todo tu viaje sagrado ha apuntado a este destino: estás llamado a participar de la condición divina como hijo de Dios Padre, uniéndote a Jesucristo, el Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo derramada en tu corazón. Eso es lo que contempló sobre el Tabor Santiago; por eso se dejó cortar la cabeza; para comunicarte esta gran noticia es por lo que te llamó a su casa. Dirige, por fin, tu oración nuevamente a Dios Padre, y dile con todo el agradecimiento de tu corazón: "Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los Profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos; concédenos, te rogamos, que escuchando siempre la Palabra de tu Hijo, el Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén".

Dicho lo cual, baja a la cripta. Al descender a la profundidad de la tierra, a la gruta oscura del nuevo nacimiento, dispónte ya a tu definitiva transfiguración. Ésta sólo acaece a aquellos que participan del dinamismo salvífico del misterio pascual de Cristo. Arrodíllate ante el sagrado sepulcro del apóstol. Allí, haz memoria de todos aquellos que te han ayudado, de tus familiares, amigos...

Tras el abrazo al apóstol, es momento de celebrar otro símbolo sacramental necesario para tu propia transfiguración: la reconciliación. Dios te quiere como hijo; pero no fuerza tu libertad; sólo renunciando a cuanto se opone a su santidad y a tu propia dignidad serás capaz de unirte a él. Busca en los confesionarios un sacerdote, un pecador como tú pero revestido del poder conferido por Cristo a la Iglesia de perdonar los pecados, y dispónte a pedir perdón al Señor de todos tus pecados. Toda peregrinación ha sido un incesante camino de conversión: llévalo a su plenitud en este momento con amor y sin temor. Estás invitado al gran banquete del Reino de los Cielos: límpiate para comparecer a él como conviene.

Una vez que hayas confesado tus pecados, es momento de participar en la más importante de todas las eucaristías de tu peregrinación, aquélla en la que Cristo se transfigurará de nuevo ante ti a través de las especies de pan y de vino. Como ese pan, así también tú, comiéndolo, serás divinizado, hecho hijo del mismo Dios y partícipe de la herencia eterna. Participa en esta Eucaristía con todo el amor de que seas capaz, dispuesto a marchar para siempre con Cristo resucitado. No te extrañes si, una vez terminada la celebración, deseas morir allí mismo, como el anciano Simeón cuando tuvo en sus brazos al Salvador de Israel: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han contemplado a tu Salvador: luz para alumbrar las naciones, y gloria de tu pueblo Israel".

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