lunes, 22 de marzo de 2004

Ejes del Camino - La persona misma

La persona misma

El segundo eje es LA PERSONA MISMA: El Camino va dejando huellas más personales, paso a paso, casi imperceptiblemente. Es un proceso personal de cambio. Porque las cosas que se van viviendo permiten entrar dentro de uno mismo. La experiencia se convierte, entonces, en una oportunidad admirable para conocerse mejor.

 
El peregrino pronto se da cuenta de que lo que le vaya a suceder en esos días de peregrinación depende de factores que no están en sus manos. Dependerá del tiempo que haga, de su propio estado de salud física y mental, de las condiciones climatológicas, de los amigos y compañeros que encuentre en el Camino. Muchos dicen que el Camino es mágico: la magia del Camino está en ser algo indomable. Nos queremos imponer a él, y él se acaba imponiendo. Es una de las primeras experiencias que aporta la ruta jacobea: la inutilidad de las previsiones. Se llega cargado de expectativas, pero el día a día va exigiendo cambios. El Camino impone vivir el presente, enseña a estar abiertos a sorpresas, a acoger las cosas pequeñas, a recuperar el vivir sin prisas, a entender que las cosas que no son como pensamos o queremos pueden llegar ser incluso mucho mejores que nuestras expectativas.

 
A lo largo de las distintas etapas se va percibiendo que las cosas que ocurren día a día tienen que ver con la propia vida cotidiana. La vida, como el Camino, está entretejida de momentos de esfuerzo y de descanso; hay veces que las cosas se pone cuesta arriba y estamos sin respiro; otras veces parece que todo es monótono como el páramo; hay días de sol y de lluvia, momentos para hablar, para escuchar y momentos en lo que se prefiere estar solo. Hay ocasiones en que uno prefiere quedarse en un sitio más tiempo y no se puede porque la vida empuja a seguir adelante…¡Se parecen mucho la vida y el Camino!

 
Ponerse en camino exige una actitud fundamental de abandono. Abandonarse es reposarse en algo superior a uno mismo; es dejar de ser yo el centro de mi vida, superando el egoísmo natural que no me deja crecer; es reconocer que yo no gobierno ni la vida ni el Camino. Es aceptar los propios límites y nos descubre nuestra radical indigencia.

 
La ascesis del Camino, la austeridad, el dolor, el hambre, las incomodidades, las inclemencias del sol, la lluvia o el viento, las ampollas las tendinitis, el barro, el polvo, los insectos, la carga en los hombros; todas estas penalidades y el saber que no puede confiarse en sus propias fuerzas, hacen posible que se abran los poros del Espíritu en el peregrino, y éste se haga más sensibles a la trascendencia, al Misterio y comienza a presentir que está en absoluta dependencia respecto al Padre. Es aquí cuando el peregrino siente que Dios le busca y se deja encontrar con él.

 
Esta confianza y abandono en la Providencia se manifiestan en tres aspectos:
  • La libertad interior: fruto del desprendimiento de las inquietudes de dominio y control. Porque cuanto menos intentemos controlar la vida, más libres nos sentimos.
  • La alegría: es consecuencia directa de lo anterior. Cuando las cosas no son nuestros logros ni méritos, sino grandes regalos de la vida, aprendemos a disfrutar de ellas con naturalidad y vivir una serena alegría.
  • El compartir, la colaboración: fuera de la competencia de nuestra lógica de dominio, cuando nos sentimos deudores de Algo más grande, que nos acompaña y nos guía, nos acercamos a los demás como compañeros y hermanos peregrinos.

 

 

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