lunes, 22 de marzo de 2004

El misterio y el Camino

¿Qué hacer para ayudar a tantas personas que pasan por nuestros caminos a encontrarse con el Misterio? Pues hay que recordar, en primer lugar, lo que nos dice el Papa en su Carta Apostólica del Nuevo Milenio: Antes que hacer cosas, volver a Jesucristo, vivir el Misterio de su Encarnación y de su Misterio Pascual desde el Espíritu Santo.

No se trata de defender con vigor una ideología, un sistema de creencia y valores ya establecidos. Se trata, ante todo, de adorar el Misterio que nos sobrepasa, que no podemos atrapar con nuestros pobres conceptos, ni mecho menos, aprisionar en nuestra acción. Se trata de contemplar en la oración y en la celebración de la eucaristía la sobrecogedora presencia del Señor, callar y estremecerse en su presencia.

Y, a partir de allí, tratar de poner nuestro pequeñísimo granito de arena, sembrar nuestra minúscula semilla que, por medio del Espíritu, quizás crezca y dé frutos.

Tenemos en nuestras manos un medio magnífico en el Camino de Santiago para introducir la oración a los que no la conocen o para reanimar aquélla que ya estaba casi apagada. Sin duda alguna, la peregrinación es un gran don del que se vale el Espíritu Santo para conducir a la gente de lo profano a lo sagrado, y pienso que la Iglesia no debe tener miedo a presentarse en el Camino de Santiago con una clara vocación evangelizadora. Sin prepotencia ni exclusiones, pero tampoco con miedo.

El peregrino está ante una ruta cargada de historia, leyendas, arte, símbolos, tradiciones y costumbres densamente religiosas. Y, a través de la oración, podemos ayudar a descubrir ciertas claves de interpretación de todo cuanto el peregrino experimenta en el Camino.

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