lunes, 22 de marzo de 2004

Entorno para orar

En mi primera peregrinación a Santiago, mi marido decidió acompañarme porque no quería que viniese sola. Yo hacía una peregrinación religiosa, pero él sólo venía como mi acompañante, y así se declaraba muy orgullosamente cuando se lo preguntaban, pues hacía muchos años que estaba completamente alejado de Dios y de la Iglesia.

Sin embargo, recuerdo perfectamente el día que dormimos en el Monasterio de las Monjas Benedictinas en León. En la celebración de Las Completas, mi marido participó de una manera muy intensa y, cuando comenzaron a cantar el “Salve Regina”, las lágrimas le rodaban por las mejillas, cantando a todo pulmón, junto al suave canto de las monjas. Yo, toda avergonzada, no lo podía cantar, ¡porque no me lo sabía…!!!

¿Qué es lo que hace que la oración sea como más fácil en el Camino de Santiago?

¿Qué tiene el Camino que facilita la participación en la oración y el encuentro con Dios?

El Camino esconde a veces una sorpresa de gracia en la paradoja de un viaje que deshace nuestros planes, de un acontecimiento que nos deja desorientados y perdidos, sin entender por qué hacemos lo que hacemos.

Sabemos que partimos, sabemos a dónde vamos, pero no cómo ni cuándo llegaremos. La meta es fija, pero lo que el Camino nos depara es un misterio. Una cosa es saber adónde voy, y otra bien distinta es saber qué me voy a encontrar, qué camino personal voy a recorrer. La gracia de no saber puede llevarnos entonces a recuperar esa niñez que se nos había perdido debajo de tantas máscaras, a recobrar algo de esa naturalidad asombrosa con que los niños preguntan y aprenden, y se dejan enseñar algo.

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