viernes, 30 de junio de 2006

HOSPITALEROS:"SOIS MIS TESTIGOS"

Hospitaleros: “Sois mis testigos”
Llamados, enviados, unidos

1.- Llamados

1.- No eres hospitalero por tu propia cuenta. Un día, es verdad, te presentaste o te ofreciste, o alguien te enroló. Pero estabas respondiendo a una llamada. La misma llamada que hizo Jesús a sus apóstoles y discípulos para que fueran sus compañeros en el anuncio de la Buena Nueva a los hombres, especialmente a los más pobres. Aunque tú la hayas percibido por medios muy humanos, la llamada a ser hospitalero la has recibido de Dios. Dios te necesita. Dios nos necesita. La semilla de la fe que recibiste en tu bautismo ha dado su fruto. Tu llamada no es un título de honor; es una vocación de servicio. Vívela así en todo lo que haces por la causa del evangelio.



2.- Dios pone en tus manos el misterio de la salvación: su Hijo Jesús, entregado por todos los hombres, para abrir a todos el camino hacia el Padre. No trabajas en una organización puramente humana, en una especie de club o de asociación cultural del camino, ni siquiera en una ONG (Organización No Gubernamental), que es maja y que hace muchas cosas por los peregrinos. Trabajando en la Iglesia como hospitalero llevas entre manos un misterio, que debes acoger, profundizar y vivir. Acostúmbrate a admirar y contemplar el misterio que proclamas. Como hospitalero estás llamado a ser contemplativo. Que tus tareas no te corten la vena de la admiración y la sorpresa. Si no eres capaz de asombrarte, caerás en la rutina. Si no adoras en lo más hondo la grandeza del misterio, te harás un buen propagandista. Pero lo sabes bien: evangelizar desde la hospitalidad no es hacer propaganda.

3.- El misterio te abre a la iniciativa de Dios: Él ha enviado a su Hijo, para hacernos a todos hijos suyos y hermanos los unos de los otros. Mediante el Espíritu Santo, Dios hace que pueda ser verdad esta filiación y esta fraternidad también, hoy, para nosotros. Por eso decimos que el Espíritu Santo es el primer evangelizador, huésped del alma, el primer hospitalero. Sin su trabajo interior en la vida de la gente, toda tu tarea sería inútil. El Espíritu de Jesús es el que "mueve" y "convence" los corazones para que crean. Cuando tú llegas a alguien, el Espíritu ya ha llegado antes; cuando tú "convences" a alguien es porque el Espíritu ya lo ha convencido. En toda tu tarea de hospitalero eres instrumento del Espíritu Santo.

4.- Tú mismo, como creyente y como hospitalero, eres una obra del Espíritu. Sin su fuerza, no se mantendría tu fe; sin su convicción, no serías capaz de manifestarte como creyente, sin respetos humanos, y como colaborador en su tarea. Tú mismo eres testigo de que en tu vida se ha cumplido con frecuencia la promesa de Jesús: "el Espíritu os sugerirá lo que tenéis que decir". Más allá del trabajo que realizas cada día en el albergue o en lugar donde te encuentras, acostúmbrate a contemplarte a ti mismo como "obra del Espíritu en favor de los demás". Un hospitalero sin la vida del Espíritu es una pura contradicción.

5.- Acostumbrarte al estilo del Espíritu. Necesitas interiorizar. Porque ser hospitalero no es un activismo descontrolado, donde colaborara más el que más cosas hace y mas tareas desarrollara. Necesitas que el Espíritu vaya ahondando en ti el mismo ser y el mismo estilo evangelizador y de servicio de Jesús. Lo que el Espíritu quiere hacer en ti es que un día puedas llegar a decir con verdad: "vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí". Que no te parezca una meta inalcanzable. A medida que crezcas en sencillez, serás testigo de la fuerza transformadora del Espíritu de Jesús. Déjate guiar por Él y deja que vaya haciendo de "tu corazón de piedra un corazón de carne".

6.- A medida que progreses por ese camino, experimentarás una armonía interior, que te hará sentir profundamente alegre: hablarás de lo que vives; trabajarás desde tu propia experiencia de Dios. Casi sin pretenderlo, tu propia vida será el mejor testimonio de que crees lo que anuncias. Lo peor que te puede pasar como hospitalero es que te "desfondes", que pierdas la hondura de tu vida y de tu actividad. Dentro de ti crece Jesús. No cortes su crecimiento con tu pereza y tu falta de respuesta. No puedes hacerte adulto y dejar que Jesús siga siendo el "niño" con quien te identificaste en la fe de tu infancia.

7.- Necesitas cultivar, alimentar y cuidar tu propia fe. Como hospitalero no eres funcionario de una organización cualquiera, a la que prestas tu colaboración activista; ni un voluntario de una institución altruista, con cuyos fines humanitarios te identificas. La raíz de tu tarea es tu real incorporación a Jesucristo por el bautismo, la confirmación de tu fe por el Espíritu y la participación real en la misma entrega del Señor por la Eucaristía. Tu misma debilidad la conviertes en fuerza, cuando la haces "debilidad perdonada" en el sacramento de la reconciliación con Dios y con lo hermanos, de quienes tus debilidades te separan. Tu vida sacramental te abre al misterio de Dios. En ella confiesas que es su gracia la que te sostiene y, desde ella, abres a los hombres un camino de salvación. No recurras a la excusa de que los sacramentos se pueden convertir en rutina. Todo lo puedes convertir en rutina cuando la gracia no toca lo más hondo de tu ser.

8.- Para ser buen hospitalero, necesitas además ser orante. A veces, puedes pensar que lo que necesitas, para convencer, es ser orador. Antes, necesitas ser orante para ser tú mismo convencido por quien te puede hablar palabras de vida eterna. Tú mismo necesitas la Palabra de Dios; necesitas que esa Palabra se convierta en tu corazón en manantial que salta hasta la vida eterna. Tu relación con la Palabra de Dios no puede ser sólo funcional, para aprender a transmitirla. Tú mismo la debes escuchar y acoger con sencillez y guardarla en tu corazón, para que te vaya haciendo testigo de su fuerza, de su capacidad de transformarte, haciéndote criatura nueva. Tu tarea evangelizadora será así mucho más fácil, porque "el hombre de hoy cree más a los testigos que a los maestros, y si cree a los maestros es porque son también testigos". Sólo si tú mismo conoces el rostro de Dios, que se te muestra en la oración, podrás ser rostro de Dios para los demás.

9.- A veces, te sentirás cortado, porque no ves que haya coherencia entre tu fe y tu vida. Te parece que crees por un lado y vives por otro. Percibe en esa situación molesta no una tentación para abandonar, sino una llamada a personalizar y profundizar tu fe. Cuando examines tu fe, no te quedes sólo sopesando el cumplimiento de sus exigencias, que podrías caer en un simple voluntarismo. Bucea más adentro, y encuentra en tu interior la viveza de tu apertura a Dios, experimenta cómo "sólo Él basta", acógelo revelado en Jesucristo y pide al Espíritu que, con tu vida, confieses a Dios como Padre y a Jesús como Señor. Una fe así, no lo dudes, se verificará en el amor.

10.- Llevas un gran tesoro en tu vaso de barro. Que la conciencia de tu arcilla no disminuya tu capacidad de sorpresa y de asombro: "jamás un pueblo ha tenido un Dios tan cercano a él", así reflexionaba el pueblo de Israel, pensando en el camino salvador de Dios en su propia historia. Tan cercano, que es más íntimo a ti que tú mismo. En él vives, te mueves y existes. Él está en el origen de tu ser, en el inicio de tu fe y en el comienzo de tu compromiso como hospitalero. A su llamada creadora debes tu existencia como hombre, como creyente y como hospitalero. Por tu mérito no puedes apuntarte tanto alguno, pues tu capacidad te viene de Dios. No te preguntes por qué te ha llamado. Si miras a tu alrededor encontrarás a gente mejor que tú, más preparada, con más gancho. Y, sin embargo, ahí estás tú. Dios te ha llamado y te da miedo. Hasta le puedes decir: "mira que no sé hablar". Pero Él te responderá siempre: "venga, no temas, que yo estoy contigo". Su llamada te fortalece y te da el ánimo que necesitas. Las llamadas son diferentes. No todos somos llamados para lo mismo. Pero todos tenemos la responsabilidad de que no falte la respuesta a ninguna de ellas.

2.- Enviados

1.- "El Espíritu del Señor está sobre mí... Él me ha ungido y me ha enviado". Como hospitalero, compartes esta misma conciencia de Jesús. El mismo Espíritu que ungió y envió a Jesús te ha ungido también a ti y te ha enviado. No te quedes sólo saboreando la unción, atrévete también a responder al envío. Cuando escuchas que el Señor te dice: "ve y diles..." te ocurre lo que a todos los enviados: tienes miedo; y también se te ocurre pensar: "pero, ¿quién soy yo...?" Si Jesús hubiera hecho caso al "qué dirán" no hubiera pasado de ser un buen carpintero de Nazaret.

2.- Date cuenta de que llevas dentro de ti el mismo Espíritu que lanzó a Jesús a cumplir su misión, por encima de todas las coartadas. La mayor coartada no es lo que piense y diga la gente. Llega un momento en que de eso "pasas". La mayor coartada la sientes dentro de ti mismo. Es la duda de la validez y utilidad de lo que vives y anuncias. Son las tentaciones del hospitalero. El mayor miedo ante el envío procede de la "pobreza" del anuncio y de la "pobreza" de los destinatarios. Frente a la "fuerza arrolladora" de los anuncios salvadores de hoy y de sus "potentes" destinatarios, no te extrañe que te de cierto corte presentarte con la debilidad de la cruz -camino de entrega y de amor- y dirigirte a los peregrinos como destinatarios preferentes de tu envío. Chocas con la lógica de este mundo. Y tienes la tentación de acomodarte a ella, para hacerte "presentable". Porque la posibilidad del rechazo te da miedo y el fracaso te asusta.

3.- "No les tengas miedo, que yo estoy contigo..." Sólo esa seguridad hizo posible que hubiera profetas en Israel. "No como yo quiero, sino como tú quieres". Sólo esa "obediencia" hizo posible la salvación por la cruz. "Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres". Sólo esa valentía hizo posible el nacimiento de la comunidad de Jesús. Saberte enviado supone que miras a quien te envía, que te fías de él, y te sabes su mensajero. No hablas ni sirves por tu cuenta. No eres tú el que salvas. Eres enviado a proclamar lo que Dios ha hecho en ti; lo que ha hecho resucitando a Jesús; lo que Dios quiere hacer con el mundo y los hombres de tu tiempo, a quienes continúa amando con amor entrañable de Padre. El miedo es una gran coartada para el hospitalero. Y una gran excusa. Tienes miedo al ridículo, a no saber, a no acertar con la palabra oportuna, a que sea rechazado el mensaje que anuncias. Tienes miedo a no convencer a nadie, porque hoy no se llevan los valores que propones. El miedo lo vences cuando eres capaz de hablar desde tu experiencia.

4.- Como tu envío lo realizas en una acción concreta, en un albergue escondido, necesariamente pequeña, puedes tener el peligro de no ver mucho más allá de lo que tú mismo haces. También entre los hospitaleros puede ser verdad que "los árboles nos impidan ver el bosque". El destino del envío no es sólo tu pequeña parcela. El destino de tu envío es el mundo; aquel mundo "al que Dios amó tanto, que le envió a su único Hijo para que lo salvara". Eso quiere decir que tú no eres enviado solo. Que formas parte del envío de toda la Iglesia, continuadora de la misión de Jesús; y que, con toda la Iglesia, debes sentir la pasión por el envío al mundo, a todos los hombres, más allá del trabajo necesariamente sencillo y pequeño que tú realizas cada día.

5.- Sentirás muchas veces la tentación de no salir de la rutina de lo que ya estás haciendo desde hace tiempo. O el miedo a dar razón de tu fe y de tu esperanza más allá de las fronteras de la comunidad donde trabajas. Puedes llegar, incluso, a pensar que tu tarea como hospitalero se reduce a lo que haces dentro del camino en un determinado tiempo; pero nunca puedes olvidar que esa llamada tuya tiene como destino el mundo. Siente especial "debilidad" por todas las propuestas y actividades que tienen a los más alejados como destinatarios de la acción.

6.- Son muchos más a los que no llegamos con nuestra acción que a los que llegamos. También a ellos somos enviados. El Señor nos ha puesto en camino. No te detengas, pensando que ya has llegado al final. Mira más a lo que falta por recorrer que a las etapas ya logradas. Es "el amor de Cristo el que te urge".

7.- Al sentirte enviado, no tengas nostalgias de tiempos pasados, ni recurras fácilmente a comparar lo sencillas que eran las cosas antes con las dificultades que tenemos ahora para hacerlas medianamente bien. Ni quieras responder a las situaciones de hoy con "respuestas hechas" de tiempos pasados. Descubre, más bien, en las dificultades presentes un desafío a tu propio envío. Se te exige realizarlo con mayor madurez, con más seriedad y entrega. Con toda la humildad del mundo, debes considerar una dicha el que te haya tocado anunciar la Buena Noticia a gente que no se conforma con respuestas infantiles. Es gente que, a veces, aún sin saberlo o decirlo, busca una auténtica experiencia de fe, en primer lugar en ti, que te presentas como hospitalero. Hoy, más que nunca, el envío te pide confianza: "no tengáis miedo, yo he vencido al mundo".

3.- Unidos

1.- La unidad que estás llamado a mantener en tu servicio y la comunión desde la que debes trabajar no son una simple estrategia, para ser más eficaz o para que te rinda más lo que haces. Antes que la unidad que tú consigues con tu esfuerzo y con tu colaboración está la comunión que Dios regala. Esa comunión, regalada por Dios, es tu Iglesia, tu comunidad. Fíjate: nada menos que una participación en la unión-comunión del mismo Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Casi nada!: tu comunidad es una especie de imagen de la comunión de la misma Trinidad.

2.- Pero ser una comunidad unida no significa ser una comunidad "uniformada". La uniformidad es algo externo (la misma forma=uniforme); la unidad es interior. La unidad que promueves se parece a la unidad del cuerpo: son muchos y diferentes los miembros que forman un solo cuerpo. Todos ellos necesarios y complementarlos. Pero no todos tienen la misma función, aunque todos tienen alguna. No tener función alguna es no responsabilizarse de nada en la marcha de la comunidad de hospitaleros. Ese es el mayor pecado de omisión en contra de la unidad. Siéntete necesario y complementario en el conjunto del trabajo de hospitaleros. No pongas excusas, intentando convencerte de que es poco lo que puedes aportar. Tu aportación no se mide por la cantidad. Lo que cuenta es tu espíritu de entrega y la ilusión, el esfuerzo y la calidad que intentas poner en tu trabajo.

3.- Y piensa que antes que la unión en una misma tarea está la unión en una misma vida. Por las venas de cada uno de los creyentes, de los hospitaleros, es como si circulara la misma sangre: el Espíritu del Señor, derramado en cada uno de nosotros para formar un solo cuerpo. Los lazos de unión, comprensión, amistad, perdón y ayuda mutua que de ahí se derivan son muy fuertes; a veces, más fuertes que los mismos lazos familiares. Realiza esa experiencia de fraternidad en el Señor y gustarás la alegría de vivir los hermanos unidos. Pide constantemente al Señor un corazón disponible para la fraternidad y apasionado por la unidad.

4.- No podrás colaborar bien a la unidad del cuerpo, si tienes en tu cabeza la idea de un "cuerpo mutilado". Difícilmente colaborarás a la unidad de tu propia comunidad, si no tienes una idea clara de todo lo que ella es y de cual es la totalidad de su misión y de todo lo que se necesita para llevarla a cabo. Celebrar la fe, transmitir la fe y vivir la fe, transformando con su fuerza la vida personal y social, abre un abanico inmenso de necesidades y tareas, todas ellas necesarias para ser fieles a la encomienda del Señor.

5.- Lo que no quiere decir que tú lo tengas que hacer todo. Pero sí debes tener una clara visión del conjunto. Pero en la tarea diaria, cada uno concretamos nuestro cometido, teniendo en cuenta nuestras posibilidades, nuestras habilidades y aquello para lo que el Señor nos ha dado una inclinación preferente. Eso sí, ¡atento a pensar en tus posibilidades y en tu disponibilidad en función de las necesidades, y no al revés!; ¡atento a no descalificar otras opciones distintas a la tuya, a no perder nunca la visión global de la acción! Un buen hospitalero siente como propia la tarea del resto de los hospitaleros; está disponible al encuentro, al diálogo, a ver la realidad del mundo y la respuesta de la comunidad cristiana desde otros puntos de vista y desde otras preocupaciones eclesiales complementarlas con las propias. Promueve y participa en encuentros y reuniones para programar juntos la acción del conjunto; da vida, con tu participación activa y estimulante.

6.- Estimulado por el espíritu de comunión tienes que salir del ámbito, siempre reducido, de tu propio criterio, y del ámbito de tu propio albergue. Cuando el hospitalero no vive con esta amplitud de miras, tiende a apropiárselo todo en beneficio de su propia parcela, despreocupándose de las necesidades de otros albergues.

7.- .Las líneas de acción de todos deben ser "tus líneas de acción" y "tus propios proyectos". Como buen hospitalero, no puedes "pasar" de ellos, haciendo tu propia batalla. La necesidad de concretarlos, de darles realismo, de adaptarlos a las condiciones específicas de la situación o del albergue en el que trabajas no significa que trabajes por tu cuenta, como un francotirador valeroso, pero solitario. En la familia de hospitaleros no hay "trabajadores autónomos", todos somos "trabajadores por cuenta ajena".

8.- La fuente viva de la comunión en la Iglesia y entre los hospitaleros es la Eucaristía. Participando del mismo pan, todos nosotros formamos un solo cuerpo. Los distintos trabajos y servicios que realizamos en nuestra tarea reciben de la eucaristía la fuerza de cohesión necesaria para ser realmente "trabajos por el evangelio". La eucaristía es, además, una fuerte exigencia de salida hacia el mundo. Como hospitalero, debes encontrar en ella la fuerza de tu comunión y entrega "para la vida del mundo".

9.- La comunión de unos con otros es por sí misma evangelizadora, el mejor testimonio que podemos dar. La comunión es un don de la misión y para la misión. Sólo cuando produce admiración ("mirad cómo se aman") tiene fuerza misionera y contagia.

Alberto Cisneros Izquierdo
sacerdote y peregrino de Osma-Soria

(Adaptación de “Sois mis testigos: 100 pistas para el camino del evangelizador” de Pedro Jaramillo-Ciudad Real”

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