lunes, 2 de octubre de 2006

IMPRESIONES DE UN PEREGINO EN SANTO TORIBIO DE LIEBANA

Estaba yo pasando unos días por Cantabria y, como el Año Santo Labaniego estaba muy anunciado, decidí ir a Liébana. Quedé impresionado por el paisaje ¡Quien no se admira al pasar por el Desfiladero de la Hermida, los Picos de Europa…! Liébana es bonita y entrañable, como me lo han demostrado tantas y tantas personas.

Cuando llegué a Santo Toribio, ya había pasado la Misa del peregrino. Aproveché para visitar la iglesia, la Capilla de la Cruz del s. XVIII , el Claustro y los oratorios tan cercanos, que circundan el Monasterio: San Miguel, Santa Catalina, Cueva Santa, Santa María de los Ángeles, San Pedro y San Juan de la Casería; de muchos de estos lugares solo nos quedan unas ruinas, pero son significativas. También me sirvió esta tarde para acercarme al Sacramento de la Penitencia, en el que fue acogido misericordiosamente y pude dejar mis pecados a los pies de la Cruz de Jesucristo, que a cambió me dio su Amor y su Perdón. Lleno de alegría me quedé en el albergue del Peregrino de Sto. Toribio.



Al día siguiente regresé muy a tiempo al Monasterio y Santuario de la Cruz. Como era mi intención, participé en la Misa del peregrino, el acto principal del Jubileo. Minutos antes, nos daban la bienvenida por la megafonía y nos invitaban a participar de esa Eucaristía básica; pidieron lectores y oferentes para llevar las ofrendas; me ofrecí para este cometido; me dijeron que debía llevar el cáliz con el vino; respondí que lo haría muy a gusto. Asimismo nos invitaron a salir de la iglesia para iniciar la Eucaristía delante de la Puerta del Perdón; éramos muchos y, aunque calentaba el sol, allí nos congregamos.

El religioso monitor nos preguntó de donde procedíamos y allí estábamos de todas partes: Santander, Asturias, País Vasco, Madrid, Alemania, Méjico…Era un símbolo de toda la Iglesia Católica. El religioso nos explicó el sentido de la Indulgencia y el Año Jubilar; ya en el Antiguo Testamento el jubileo consistía en el perdón y condonación de todas las deudas; pero desde Jesucristo en la plenitud de los tiempos, que es el Nuevo Testamento, la Indulgencia o el don del Jubileo, del Año Santo, consiste en el abrazo efusivo, indulgente y perdonador del mismo Dios. Me sentí muy feliz sabiéndome tan perdonado, querido y amado por Dios, que me da un gran abrazo. Cuando una persona me da un abrazo, no dudo de su cariño; pero, esta vez, era el mismo Dios, prendado de mí, que con un derroche de Amor me estrechaba junto a su corazón. ¡Qué amor más puro, hermoso y grande el del Señor! Me quiere tanto, me aprecia, me valora. ¡Nadie me quiere así! Y en la Cruz, Dios ha sellado ese Amor con la Sangre de su Hijo. La Cruz es la base de este Año Jubilar.

También, el mismo ministro monitor nos explicó las condiciones para la Indulgencia o el Jubileo. La terminología no es exacta, ya que no son propiamente condiciones, sino elementos del Abrazo gratuito de Dios; la Indulgencia, el abrazo del mismo Dios, es una Gracia; no se gana, se recibe con agradecimiento y felicidad. Cuando recibimos dicho abrazo misericordioso del Señor, se renueva nuestra fe, por lo que se reza el Credo. Asimismo, al recibir este Abrazo, volvemos a los brazos del Padre y le gritamos “Papá” con el Padre Nuestro. Pero todo esto no lo hacemos solos, sino en la Comunidad de la Iglesia, por lo que se pide por las necesidades de la Iglesia e intenciones del Santo Padre. Entre las condiciones, mejor, elementos de la Indulgencia, está el Sacramento del Perdón y el alimento de la Eucaristía; sin ellos no se puede vivir nuestra fe cristiana y son elementos de este Encuentro tan especial con Dios.

Después de estas explicaciones oportunas, el sacerdote Presidente, con él concelebraron varios sacerdotes más, nos saludó litúrgicamente y rezamos la oración de la Puerta del Perdón, en ella se hace alusión a Jesucristo, que se definió como la Puerta para entrar en la vida eterna; y le pedimos su ayuda para celebrar el Don del Año Jubilar. Terminada esta bella oración, entramos en el templo, del siglo XIII, lo más original del Monasterio. Yo veía en dicha Puerta los brazos amorosos de Dios, que se abren para abrazarme junto a su pecho. El estribillo del canto propio de esta entrada dice “Peregrinos de la Cruz, ya en la Puerta del Perdón, venimos con alegría al encuentro del Señor”; este canto me parece sugestivo y profundo. Tardó bastante que entraran todos los peregrinos, mientras nos acompañaba dicho canto.

Siguió la Eucaristía con el Gloria y la oración de la misa. Después escuchamos la Palabra de Dios, bien desglosada en la homilía: el Señor me habló de su Amor, manifestado en Jesucristo, especialmente en su Cruz y Resurrección. Llevamos a cabo la renovación de nuestra fe, uno de los elementos del Año Santo: lo hicimos cantando: “Creo, Señor, creo, Señor”. En las preces, se hizo mención del Papa, otro de los elementos de este Año Jubilar. A continuación se hace una ofrenda con el pan y el vino, mientras se recita una oración de ofrecimiento; yo temblaba con el cáliz en mis manos. La plegaria eucarística fue una acción de gracias a Dios por todo lo que me ha dado. En el Padre nuestro, el presidente nos invitó a rezar esa oración con nuestras manos abiertas; me pareció un gesto hermoso para llamarle a Dios Papá y pedirle todo lo que yo necesito para la vida ordinaria. Recibí y deseé la paz con el gesto de amistad y deseo de reconciliación con todos. La comunión fue un alimento para mi espíritu, regalo del Señor y elemento de encuentro con Él. Terminamos siendo bendecidos con la reliquia de la Cruz del Señor, el mayor trozo que se conserva en el mundo y, según la tradición, parte del brazo izquierdo de la Cruz de Cristo. Se nos dio a besar y yo estampé un beso agradecido a la Cruz donde Dios me ha mostrado su Amor y ha redimido mis pecados. De esta forma terminamos la Misa del peregrino.

De vuelta a casa, di por bien empleado este jubileo. No se ha resuelto los problemas; los follones y las dificultades familiares, laborales…siguen; pero mi corazón es distinto, pues comienzo a encararlos con mucha más alegría y amor a todos…todo ello regalo del Señor en el Año del Jubileo en Santo Toribio de Liébana, donde recibí un Abrazo que no se me olvidará. ¡Gloria y alabanza al Dios de la Misericordia!

P.C.

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