domingo, 14 de octubre de 2007

UN HOSPITALERO AGRADECIDO

Alfonso Curatolo, de Milán, uno de los voluntarios franciscanos enganchados a la causa del Camino y al 'Hogar de espiritualidad San Francisco de Asís!' da testimonio de su experiencia de hospitalero


Verano de 2007, julio…


…Heme aquí, otra vez hospitalero por una temporada en la acogida franciscana para peregrinos en Santiago de Compostela…

Cuando llegué al convento, tras mi viaje desde Italia, era una tarde lluviosa y un poco fría de comienzos de julio. El tiempo de dejar la maleta en “mi habitación”, arriba, en el centro Xoan XXIII, y ya estaba listo, sentado a la mesa de la acogida; inmediatamente, me pareció sentirme como en mi casa desde siempre, como si nunca hubiese vuelto en Italia casi un año antes.

Pero me faltaba algo, y lo comprendí cuando, más tarde, vino Fray Paco y me dejó el manojo de llaves de la acogida; las llaves de la casa de San Francisco de Asís, de las cuales no me separé prácticamente ni siquiera un minuto hasta mi despedida...

Qué gozo fue sentirme nuevamente un poco “dueño” y responsable de esta casa de acogida fraterna, que quiere ser, para los peregrinos que pasan, un lugar donde la humanidad se encuentre en paz y viva en paz, y sienta que, como nos enseñan los evangelios (Jesús mismo), sólo el amor gana, sólo el amor es “el arma” con la cual tenemos que armarnos verdaderamente, para aprender a ensanchar nuestros corazones, nuestras capacidades de ver y respetar a los demás (tal y como lo soñaba San Francisco).

Como llegué a contar a los frailes de la comunidad cuando comíamos juntos, este año personalmente disfruté aún más y con mayor profundidad de esta experiencia de servicio al prójimo. Quizás porque guardaba memoria del año pasado, me sentí más seguro en mis acciones, y esto me permitió vivir cada instante con gran pasión. Además, este año compartí esta experiencia con unos frailes franciscanos que vinieron desde comunidades italianas para colaborar en el proyecto de acogida.

Con ellos viví momentos bonitos y unas tardes de “animaciones” improvisadas, junto a grupos de jóvenes peregrinos, de una alegría y espontaneidad únicas... y recibí el don de nuevas amistades.

Como ya dije el año pasado, confirmo que es más lo que se recibe al ser hospitalero que lo que se da... Compartir experiencias de humanidad, de esperanzas, de dolores y gozos vividos de los peregrinos, que te cuentan con confianza sus vidas, es algo impagable. Son momentos vividos con gran sinceridad, sin las máscaras de apariencia que a veces llevamos en lo cotidiano.

El camino enseña, a quien es buscador de algo, que la vida nos da la verdadera felicidad, si la vivimos con verdadera humanidad, si situamos, como primarios en nuestras vidas, los valores de las personas y de los sentimientos auténticos, y no los superficiales y de apariencia exterior, como nos quieren hacer creer en la opulenta sociedad (occidental) de hoy.

Y una vez más digo que no creía que uno se pudiese sentir aún en camino y peregrino también estando parado físicamente detrás de la mesa de la acogida; me atrevo a decir que, tras mis experiencias de hospitalero, comprendo verdaderamente que he vuelto a ser peregrino, comprendo (como si hubiese cerrado completamente un círculo) más plenamente lo que significa “hacerse” peregrino, y seguir siéndolo en el camino de la vida... con humildad, buscando siempre amar.

Estoy convencido de que el “Hogar de Espiritualidad San Francisco de Asís” es (y será) una maravillosa realidad que va creciendo rápidamente. Se nota que es bendecido por Dios, se ve la mano de su providencia. He tenido la impresión de que la gente que pasa por aquí se va contenta y llena de la paz que ha sentido, pasando la información de esta realidad a otros peregrinos que aún no la conocen.

El momento cumbre de cada jornada es la sencilla oración por la paz que se celebra cada noche. Algo milagroso ocurre cada noche; lagrimas de emoción y (o) de gozo mojan las mejillas de alguien, muchos corazones descubren y se abren al soplo de Dios más de lo que creían... una pequeña luz de esperanza pasa de mano en mano (y después, de testimonio en testimonio) entre una humanidad que reza junta y se abraza en el nombre de la paz.

No es una casualidad que una canción que Fray Paco pone siempre en los momentos musicales de la oración se haya vuelto prácticamente un “himno internacional” que se identifica con la acogida franciscana de Santiago de Compostela. Me acuerdo que cada vez más, cuando en los momentos libres daba un paseo por la pétrea ciudad, oía cantar esta canción a peregrinos (de cualquier nación) que habían ya pasado por la acogida. La letra de esa canción es: “Sé mi luz, enciende mi noche...”

Es bonito comprobar cómo esta casa de San Francisco es para muchos peregrinos, que pasan afectados muy profundamente por la vida, y a veces (ellos dicen) sin fe, un lugar de nuevas esperanzas para vivir o donde encontrar (¿re-encontrar?) la fe misma; humildemente, en la profundidad de los corazones. Como dice siempre Paco en la oración: tenemos que hacer un camino de vuelta a nuestro corazón, que es donde habita Dios mismo.

Me repito como el año pasado, pero es así: la acogida franciscana en Santiago es un lugar de paz, amor y conversión. Es una luz de esperanza que se ha encendido y que no se puede apagar... Personalmente estoy muy feliz de haber vuelto otra vez a mi tierra lleno y empapado de estas gracias.

Quiero agradecer de nuevo a Fray Paco el haber querido realizar este proyecto, a toda la comunidad franciscana de Santiago que permitió que se realizase y que personalmente me acogió siempre con un cariño que me llena el corazón, haciéndome sentir parte de la casa. Gracias a Dios que me regaló la preciosa amistad de Fray Paco, sin la cual nunca habría vivido lo que he vivido (y aprendido), sin la cual no habría conocido a todos los que conocí.

En mi corazón quiero agradecer también a todos los amigos que tengo y conozco en Santiago y que aquí no puedo nombrar personalmente. Gracias a todos por vuestro cariño, por vuestra ayuda, por las sonrisas compartidas, por hacerme sentir, cada vez que vuelvo a Santiago, un ciudadano adoptivo de vuestra (¿nuestra?) ciudad del alma...
Un abrazo, un “bico”, y un saludo fraterno para todos.

Un peregrino de la vida.

Alfonso Curatolo, de Italia.

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