lunes, 14 de mayo de 2012

Compostela

Como decimos, las tradiciones sobre la presencia de Santiago en España eran conocidas por los autores cristianos españoles, pero no parecen darle crédito. Sólo tras el inicio de la Reconquista será San Beato de Liébana quien recuerde la información del Breviarium Apostolorum y sitúe a Santiago en España; y unos años más tarde (finales del siglo VIII) compondrá un himno en honor de Santiago, nombrándole ya Patrono de España y pidiendo su intercesión en la guerra contra los musulmanes.

Pocos años después algo sucede en Galicia.

Pelagio (o Payo), un ermitaño retirado del mundo, vive en el monte Libredón dedicado al ayuno y la oración, alimentándose de insectos, y en diálogo con los pájaros y los animales del bosque. Una noche del año 813 ve unas misteriosas luces en el cielo. Observa que las luces se desplazan señalando un camino, hasta que vienen a pararse encima de un determinado lugar. Allí aflora una tumba de mármol.

Asombrado, Pelagio comienza a difundir la historia hasta que llega al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, que se acerca a ese “Campo de estrellas” (Campus Stellae, Compostela) a comprobar lo sucedido y a ver qué tumba es esa, que ya goza de una cierta fama. Llega y manda excavar, comprobando que se trata nada menos que de la tumba del Apóstol Santiago.

Pronto llega la noticia al rey, Alfonso II el Casto, que desde Oviedo se desplaza hasta Compostela. Así comienza la fama de la tumba de Santiago, que enseguida atraviesa los límites de la Península, y la historia de las peregrinaciones.  El rey Alfonso manda construir una modesta iglesia en honor de Santiago, pues "en nuestros días se nos reveló el preciado tesoro del bienaventurado Apóstol, es decir su santísimo cuerpo".

Desde los años 860, el obispo de Iria Flavia traslada su sede a Compostela, con la comunidad de monjes que constituirá el origen del monasterio de Antealtares. El primer templo de piedra y barro es sustituido hacia el año 872 por otro más hermoso de sillería, edificado por orden de Alfonso III el Magno. Las donaciones reales se multiplican: en 893 la iglesia de Arcos junto con sus posesiones, en 895 más propiedades en el Bierzo, en 898 nuevas villas en la recién reconquistada Coimbra.

El templo de Alfonso III, consagrado en el 899, es arrasado en agosto del 997 por Almanzor, quien se lleva a hombros de prisioneros cristianos las campanas con las que fabricará lámparas para la Mezquita de Córdoba. Destruirá también toda la ciudad, sólo respetará el sepulcro propiamente dicho. El rey Bermudo II el Gotoso (r. 982-999) comienza inmediatamente la reedificación de un nuevo templo. En 1077 tiene lugar la “Concordia de Antealtares”, entre el obispo Diego Peláez y el abad de S. Pelayo de Antealtares, que posibilita la construcción de la primera catedral románica. El obispo Diego Gelmírez lleva la sede a su máximo esplendor, al conseguir que se eleve al rango de arzobispado y obtener del Papa Calixto II (1124) el privilegio del jubileo, concediendo las mismas indulgencias que en Roma o Jerusalén cada año que la fiesta de Santiago, ya trasladada al 25 de julio, caiga en domingo. Como hasta hoy.

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