lunes, 14 de mayo de 2012

El apóstol Santiago

Santiago “el Mayor” es uno de los doce apóstoles. Se le denomina así para distinguirlo del “Menor”, otro de los doce, pariente de Jesús y que fue el primer líder (hoy diríamos “obispo”) de Jerusalén.

Santiago el Mayor era hijo de Zebedeo y de Salomé. Junto con su hermano Juan (San Juan Evangelista, “el Discípulo Amado”) y su padre eran pescadores en el lago de Tiberíades o de Galilea; el tener empleados que les ayudaran en su tarea demuestra un cierto nivel social. Allí reciben ambos hermanos la llamada de Cristo y son de los primeros en seguirle. Tal vez por su carácter impetuoso, Jesús les da el sobrenombre de «boanergués», los hijos del trueno.

Se ha discutido si Salomé puede ser hermana de la Virgen María; algunos datos apoyarían esta teoría, pero no está comprobada. Lo que sí es claro es que Santiago pertenece al círculo más íntimo de Cristo, junto con Pedro y Juan. Y así es testigo de la resurrección de la hija de Jairo, de la Transfiguración, y de los más próximos en la Oración en el Huerto.

Un hecho curioso de su vida pone en evidencia no sólo el carácter de los hermanos, sino la incomprensión de los discípulos hacia lo que Jesús representa, esperando de él un triunfo político para restaurar la autonomía de Israel; una incomprensión que durará hasta la Pascua. Están en Jerusalén. Salomé se acerca a Jesús y le pide: “Dispón que estos dos hijos míos tengan su asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda" (Mateo, 20,21). Jesús, sabiendo lo que le espera, el rechazo y la muerte, le responde: “No sabéis lo que pedís: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. Ellos, valientes, responden: “Lo somos”. Y Jesús les dice: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado”.

Los otros diez discípulos se molestan por la pretensión de ambos hermanos, y Jesús aprovecha para amonestarles: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

Pero, de algún modo, Jesús profetiza el destino de Santiago, y de los demás: beber el mismo cáliz de Cristo, sufrir la Pasión. En efecto, la única referencia que tenemos de Santiago en el libro de los Hechos de los Apóstoles es muy sucinta y clara. Cuando la primitiva Iglesia comienza a florecer en Jerusalén, los judíos reaccionan pidiendo la represión de lo que consideran un movimiento herético dentro de su religión. El rey, Herodes Agripa I (nieto de Herodes el Grande), desea complacerles y en la Pascua del año 44 "degolló a Santiago, el hermano de Juan, con la espada" (Hechos 12:1-2). Fue por tanto el primero de los Apóstoles en morir.

Habían pasado catorce años desde que Cristo le predijera el martirio. ¿Qué hizo Santiago en esos catorce años?


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