lunes, 14 de mayo de 2012

La crisis de la peregrinación

A partir del siglo XV una serie de circunstancias (el Cisma de Occidente, pestes, guerras y hambrunas en toda Europa) conducen a un progresivo declive del Camino. En 1589, ante las amenazas de los ingleses a las costas gallegas (atacan La Coruña y pretenden destruir Santiago), el arzobispo de Santiago ocultará precipitadamente las reliquias del Santo. Eso asestará un golpe decisivo a las peregrinaciones.

Sin embargo, el principal motivo de la decadencia será un cambio en las mentalidades. De un lado la crítica protestante ante los numerosos abusos cometidos, que acabará siendo oposición frontal al tema de las indulgencias y jubileos. De otra parte, con el nacimiento de los estados modernos, con fronteras bien delimitadas, la seguridad de los peregrinos, la regulación de la peregrinación, y aún la simple autorización a su paso dependerán de la decisión de cada monarca.

La sed de aventura que el hombre medieval realizará en las Cruzadas y en las peregrinaciones, encuentra ahora otros cauces: los descubrimientos, el comercio a largas distancias, las guerras nacionales… En el Camino, junto al peregrino por motivo religioso aparece el “turista religioso”, que busca conocer paisajes y costumbres exóticos. También hay lugar para épicas caballerescas, como el famoso Paso Honroso de Pedro de Quiñones sobre el puente de Órbigo, el año santo 1434.
Progresivamente se suma a la peregrinación una masa de pícaros que viven o sobreviven de la caridad que despiertan por su supuesta peregrinación. Felipe II sospecha de estas gentes “que andan vagando sin querer trabajar... y andan hurtando, robando y haciendo otros delitos y excesos... y para poder hazer con más libertad lo susodicho, fingen que van en romería a algunas casas de devoción... y ponen hábitos de romeros y peregrinos”. También se sospecha de que puedan ser espías o, lo que es peor, herejes camuflados. Estos tunantes nunca serán mayoría, pero desacreditan la peregrinación y dan ocasión a que se dicten rigurosas normas restrictivas.
El mismo rey, en 1590, prohíbe a los españoles usar el hábito de peregrino, y les obliga a ir con el hábito ordinario; les exige llevar licencia de la Justicia del lugar de donde fuesen vecinos, en la que se indiquen sus datos personales, así como una carta (dimisorias) firmada y sellada por el prelado de su diócesis. Si los peregrinos eran extranjeros, se les autorizaba para hacer la peregrinación con hábitos de peregrinos, pero debían traer las dimisorias de sus prelados respectivos y al entrar en el reino presentarse a las Justicias para obtener la oportuna licencia. En las Ordenanzas municipales de Santiago, de 1775, se obliga a los posaderos compostelanos a comunicar a la justicia los nombres, apellidos y lugares de origen y destino de los que solicitasen albergue en sus posadas.
Nuestro inmortal Quijote recoge esta idea común sobre la calidad moral de muchos peregrinos. En el capítulo 54 de la segunda parte, el morisco Ricote explica su estancia en Alemania en estos términos: «Juntéme con estos peregrinos que tienen por costumbre de venir a España muchos dellos cada año a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por certísima granjeria y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay pueblo ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con un real por lo menos en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien escudos de sobra, que trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones o entre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden, los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de los puestos y puertos donde se registran».
Continuarán afluyendo peregrinos a Santiago, cada vez menos. El Romanticismo, la vuelta a los viejos ideales y tradiciones, el gusto por los viajes exóticos, será un espejismo de corta duración y reservado a minorías.

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