lunes, 14 de mayo de 2012

La Hospitalidad en el Camino

La hospitalidad en el Camino fue surgiendo conforme aumentaba el número de peregrinos. Al principio serían los monasterios, siguiendo las atenciones para con el huésped preceptuadas en el capítulo 53 de la Regla de San Benito. Luego surgirían “hospitales” (realmente simples albergues) de otras órdenes, de iniciativa episcopal o real, de cofradías o particulares adinerados, e incluso algunos dependientes de monasterios extranjeros. Santo Domingo de la Calzada o San Juan de Ortega representan ejemplos preclaros de hospitalidad como camino para alcanzar la santidad. Aunque también prosperaron los alojamientos de pago, especialmente en Compostela.

(ver especial de historia de la hospitalidad en esta misma web)
Toda esta infraestructura desaparece cuando las peregrinaciones decaen, pero a partir de los años 60 y 70 comienza a resurgir ante la creciente afluencia de peregrinos. De nuevo empiezan las parroquias y monasterios, y se van sumando las instituciones públicas (ayuntamientos, autonomías), Asociaciones de Amigos del Camino y particulares con espíritu jacobeo o con ánimo de lucro.

El peregrino actual viaja andando porque quiere, y generalmente dispone de medios para alojarse en un hotel. Sin embargo, acepta todas estas incomodidades por el deseo de vivir una experiencia singular, dentro de la cual ocupa un lugar importante la estancia en albergues, la simplicidad y rusticidad de la acogida, la convivencia con otros peregrinos.

También los hospitaleros de hoy son distintos. Su servicio es generalmente altruista, como una especie de prolongación de su propia peregrinación, y no sólo consiste en tener abierto y limpio el albergue, en recibir y curar o alimentar a los peregrinos, sino también en escucharles, aconsejarles, animarles; ayudarles a conocer la “sabiduría” del Camino, basados en la propia experiencia y en una tradición de la que forman parte; favorecer un clima de amistad entre todos, particularmente cuando se da algún momento de oración o de comida en común. La misma gratuidad de su servicio, que supone sacrificar unos días de vacaciones para dedicárselos a los peregrinos, es ya una llamada de atención en nuestro mundo individualista y mercantilista; pero para ellos es también una experiencia enriquecedora que les llena de satisfacción, además de las motivaciones religiosas que encuentran.

Por todo ello, los albergues y los hospitaleros forman parte de la experiencia del Camino tanto como la propia senda o los monumentos que lo jalonan.

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