lunes, 14 de mayo de 2012

La Iglesia en el Camino

Como decía Pedro a los judíos de Jerusalén, “la cosa empezó en Galilea”.

Desde entonces, a través de la historia del Finisterre galaico han pasado el Apóstol, sus discípulos Anastasio y Teodoro que yacen con él, aquella primitiva comunidad cristiana que le da sepultura y mantiene durante un tiempo su memoria, el eremita Pelagio y el obispo Teodomiro, el piadoso rey Alfonso II el Casto y el Papa León III, Gelmírez y Calixto II, Rico Payá, López Ferreiro y León XIII, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Y miles, millones de cristianos anónimos que movidos por la fe han recorrido el Camino a lo largo de los siglos. Y cientos de miles que les han dado alojamiento en sus casas o en pequeños hospitales de cofradías, en Santiago o en el más modesto villorrio. Y quienes escribieron las historias jacobeas, y quienes las cantaron, y quienes predicaron o animaron de cualquier modo a peregrinar. Y tantos que soñaron con hacerlo y jamás pudieron, o sólo lograron pedir a algún peregrino que rezara por ellos en Compostela.


La Iglesia mantiene vivo el corazón de Compostela: la memoria y el culto del Apóstol, junto con el tesoro de gracias que reciben –con o sin año jubilar- los peregrinos, que renuevan su vida y enriquecen su regreso. Pero también estuvo desde el origen, y está, en el Camino.

Santo Domingo de la Calzada o San Juan de Ortega son dos ejemplos señeros de atención al Camino y a los peregrinos en el pasado, como Elías Valiña lo pudo ser en nuestros días, y como lo son tantos miembros de anónimos de la Iglesia: señalizando y acondicionando los itinerarios, creando albergues y animando la hospitalidad, escuchando y animando a los caminantes, rezando por ellos y llevándoles la bendición de Dios o la fortaleza de los sacramentos.

Es verdad que hoy la peregrinación no es sólo religiosa, y el Camino no está sólo en manos de la Iglesia. Afortunadamente hay otras muchas iniciativas, públicas y privadas. Pero no por ello la Iglesia puede desentenderse de este maravilloso itinerario, de esta peregrinación.

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). Tampoco ese fenómeno tan humano, en el sentido más pleno de la expresión, que es la peregrinación a Compostela.

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