lunes, 14 de mayo de 2012

Santiago en España: la tradición jacobea

La actividad de la Iglesia comienza tras la Resurrección de Cristo, y especialmente tras el envío del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Hay una primera fase de anuncio del Evangelio en Jerusalén pero desde el año 34, y especialmente después del martirio del diácono Estéban (en el año 36), se extiende la predicación fuera, primero a otras zonas de Palestina y posteriormente al resto del mundo conocido, fundamentalmente el área mediterránea incluida la capital política, Roma.

Nada sabemos en concreto del destino de cada Apóstol más que por las tradiciones conservadas en cada lugar, y por referencias muy posteriores. De Santiago el primer dato que lo sitúa en España está en los “Catálogos Apostólicos” bizantinos (finales del siglo VI), traducidos al latín hacia el 650, con el nombre de “Breviarium Apostolorum”.  No sólo indica su predicación en España, sino que aquí está su sepultura, en un lugar llamado Acaya Marmárica. Detrás veríamos la antigua teoría de las suertes (sortes) apostólicas, formulada ya hacia el año 300: los apóstoles decidieron por suertes dónde debía evangelizar cada uno, y a Santiago le habría tocado España.

Pero hay que reconocer que esas doctrinas, importantes para otros autores extranjeros, apenas tienen crédito en la Iglesia española visigótica, anterior a la dominación musulmana.

Sin embargo, la tradición jacobea posterior al hallazgo de la tumba, recogiendo datos antiguos, compondrá un relato completo de la actividad del Santo. Se va trabando en diversos documentos medievales, como la Translatio, el Libro de los Milagros, la Historia Compostelana, o el Códice Calixtino (Liber Sancti Jacobi), el más famoso de todos. El minucioso, ingenuo y a menudo fantástico detalle de estos relatos debe entenderse dentro de la mentalidad medieval, donde lo extraordinario podía asomar a cada paso.

Santiago habría llegado a España por la costa Mediterránea, concretamente por Andalucía, y sigue a pie por la Vía de la Plata hasta la Gallaecia (Galicia), donde predica intensamente pero sin obtener ningún fruto. En Munxía recibe milagrosamente la visita de la Virgen María, que llega sobre una barca guiada por ángeles (la embarcación, convertida en piedra, se conserva a los pies de la iglesia del pueblo) y lo conforta. Continúa predicando durante años con idéntico fracaso, hasta que decide marcharse hacia el interior y llega a Cesar Augusta (Zaragoza). Aquí se le vuelve a aparecer la Virgen en carne mortal (aún vivía en Jerusalén) y le pide continúe con fe su predicación y levante un templo en su honor. Al fin consigue captar un pequeño grupo de adeptos (los siete “Varones Apostólicos” de la tradición) y con su ayuda erige una capilla en cuyo interior se guarda el "Pilar", la columna de piedra sobre la que habría estado la Virgen en su aparición. Tras predicar en varias localidades más, regresa a Jerusalén
Después del martirio allí, su cadáver es arrojado en el campo para que sea devorado por las alimañas. Pero los siete discípulos lo recogen de noche y huyen con él hacia el mar. Encuentran una embarcación vacía y lista para navegar en la que viajan hacia Occidente, guiados por ángeles, hasta arribar en Galicia. La barca está aún llegando a la costa cuando un jinete que participaba en la celebración de una boda cae al mar, y reaparece milagrosamente con el cuerpo cubierto de conchas de vieira, recibiendo la bendición de los discípulos jacobeos. En recuerdo de este milagro, los peregrinos portarán en sus vestidos una concha tras haber completado el viaje a Compostela.

La barca, remontando el río Ulla, se detiene en Iria Flavia (Padrón) y allí la atan a una gran piedra: el "pedrón" (de ahí el nombre actual de la localidad). Desembarcan el cuerpo y lo depositan sobre una roca que se funde formando una especie de sarcófago, en el que deciden dejarlo hasta encontrar un enterramiento definitivo. Se dirigen a la reina o señora de aquellas tierras, la pagana Lupa, a quien cuentan todo lo ocurrido y le piden un lugar para dar sepultura a su maestro. Ella les envía a Régulo, sumo sacerdote o rey de Duyo, quien los encarcelará, pero pueden escapar a través de una puerta dibujada en la pared por unas pequeñas luces. Al perseguirles, el rey y sus hombres perecen al hundirse el puente sobre el Tambre, tras haberlo atravesado los discípulos.

Vuelven a presentarse a Lupa, y ésta les envía al monte Ilianus o Ilicino a recoger los bueyes que precisan para el traslado. Les sale al encuentro un dragón, que muere cuando le hacen la señal de la cruz. Cuando por fin llegan, no les están esperando los pacíficos bueyes, sino toros salvajes, inmediatamente domesticados gracias otra vez al símbolo cristiano. Uncen una pareja a un carro y les dejan avanzar sin guía hasta detenerse en un campo propiedad de Lupa (según otras versiones, se detiene en el patio del palacio real), con lo que Lupa termina por convertirse y ofrece ese lugar para el enterramiento. Quedan cuidando la sepultura los discípulos Atanasio y Teodoro, que merecerán el honor de reposar junto al Apóstol, mientras los restantes se marchan para predicar el Evangelio.

1 comentario: