viernes, 1 de junio de 2012

Caminar

Caminar significa “hacer el Camino”, una ruta perfectamente señalizada y trazada, en la que es muy difícil perderse. Se trata de algo tan sencillo como seguir flechas amarillas. En otras palabras, se trata de dejarse llevar.

Para caminar no sólo hay que mirar el suelo, es preciso levantar la vista. El Camino es ocasión de contemplación, y hay que olvidar la prisa, hay que dejar tiempo para contemplar. En primer lugar contemplación de la naturaleza, algo a lo que el espesor de nuestra cultura científico-técnica contemporánea no nos tiene acostumbrados: casi siempre estamos en contacto con casas, coches, ciudades… con la obra del hombre. Pero la peregrinación nos pone en contacto con la grandiosidad de la creación: el cielo, las montañas, los ríos, los animales.

De los manantiales sacas torrentes que fluyen entre los montes; en ellos se abrevan los animales salvajes, el asno salvaje apaga su sed. Junto a ellos habitan las aves del cielo, desde las frondas envían su canción… ¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría! (Salmo 104).

Experimentar la grandiosidad de la creación es también comprobar la propia pequeñez. “Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?” (Sal 143). Simplemente ver en un mapa la inmensidad de la distancia que debemos recorrer nos hace conscientes de ello. Y sin embargo, la perseverancia nos va haciendo vencer esa inmensidad. Es una experiencia renovada de la propia persona, a menudo empequeñecida por las estructuras sociales donde acabamos no siendo más que un número.

Aquí solo ante el Camino, paso tras paso, soy alguien, soy yo: un ser humano, con toda su pequeñez y toda su grandeza.

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