viernes, 1 de junio de 2012

La apertura al Absoluto

El Camino está lleno de huellas de la fe cristiana: relatos, monumentos, tradiciones, liturgia; incluso los propios testimonios de tantos peregrinos u hospitaleros. Cualquiera que realice el Camino, creyente o no, se pone en relación con la Iglesia en cada etapa. Pero no nos referimos aún a eso sino a una apertura interior de nuestra propia conciencia al Absoluto, como tendencia interna de la propia peregrinación. El testimonio de la fe cristiana encuentra oportunidad de ser acogido en cuanto conecta con esa previa apertura interior.

La contemplación de la creación habla al corazón. Por muy escépticos que seamos, su grandiosidad, su belleza y su orden nos dirigen hacia lo alto, nos hablan de una inteligencia y una voluntad creadora, cargada de belleza y de amor. “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18).

También nuestra apertura a los demás, a nuevas relaciones, apunta hacia un Tú absoluto, un confidente total al que poder entregar toda nuestra interioridad, nuestros sufrimientos y alegrías, y del que poder esperar todo el apoyo y el aliento. Nuestra propia experiencia de fragilidad pide alguien en quien vivirla confiados, en quien encontrar fortaleza y acogida incondicional.

Pero quizá lo que más claramente nos hable de Dios sea la experiencia de sentido en todo lo que vivimos, en todo lo que es el Camino. La comprensión de nuestra salida como respuesta a una llamada misteriosa, absoluta, latente debajo de una serie de motivaciones aparentes, la vocación a vivir un tiempo trascendental en la vida, a renovarla entera, a crecer. La propia confiabilidad en la peregrinación, en la experiencia en sí misma y en nosotros, en nuestras fuerzas. El itinerario espiritual que vamos realizando, que tiene sentido en sí mismo, que da sentido a la vida, ¿quién lo conduce? ¿a dónde me lleva?


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