viernes, 1 de junio de 2012

La meta del Camino

Los peregrinos a los primitivos santuarios cristianos, que eran sobre todo las tumbas de los mártires (los martyrion), tenían una costumbre curiosa: deambular alrededor de la tumba, dar vueltas. Aún se sigue haciendo así en muchos santuarios; largas filas recorren un itinerario dentro del recinto, miran, tocan, rezan. La procesión alrededor del lugar sagrado es como una síntesis de la peregrinación. En griego la palabra proskynima (adoración) no sólo define el momento final dentro del santuario sino todo el itinerario de la peregrinación.

Como en una espiral, los caminos a Compostela acaban en un recorrido circular alrededor de los lugares santos de la Catedral: el Pórtico de la Gloria, eventualmente la Puerta Santa, el abrazo al Apóstol y la cripta con los restos de Santiago, verdadera meta de la peregrinación.
La peregrinación no es el objeto en sí mismo. El peregrino va hacia Compostela, no camina por el mero placer de andar, no es un vagabundo ni un nómada, no es giróvago ni un eterno adolescente. Sin meta, sin la tumba del apóstol, ni habría surgido ni tendría sentido la peregrinación.

La meta, Santiago, es en palabras de Stavrou “el reposo del alma en un lugar simbólico que da sentido, belleza y verdad a la existencia”. Esto es, un lugar que posee belleza, sentido y verdad, y capaz a la vez de teñir toda la vida con esas cualidades.

Santiago es un lugar bello, ciertamente no el único del Camino. Probablemente la contemplación del Pórtico de la Gloria tuviera sobre el peregrino medieval el efecto de introducirle en un ámbito de belleza y armonía que refleja la propia belleza y armonía de la vida divina. Igualmente hoy día. Es obvio que también la belleza de la liturgia influye decisivamente en el ánimo del peregrino, todo ello en un momento de fuertes emociones.

Santiago es belleza pero también verdad, una verdad sobre sí mismo que el peregrino ha hallado esforzadamente en su caminar no sólo físico sino ante todo espiritual, verdad sobre la vida humana que descorre muchos velos de prejuicio y de engaño, y en definitiva verdad revelada (hallada más que averiguada, recibida más que conquistada, objetiva más que subjetiva) que el peregrino acoge como el don de la peregrinación, pero que encuentra reflejada en los muros y en los ritos de la catedral.

Belleza y verdad no están disociadas ni son separables. El Papa actual, Benedicto XVI, ha tratado mucho sobre esta unión. “Una búsqueda de la belleza –nos dice- que fuese extraña o separada de la búsqueda humana de la verdad y de la bondad se transformaría, como por desgracia sucede, en mero esteticismo y sobre todo para los más jóvenes en un itinerario que desemboca en lo efímero, en la apariencia banal y superficial, o incluso en una fuga hacia paraísos artificiales que enmascaran y esconden el vacío y la inconsistencia interior. Esta búsqueda aparente y superficial ciertamente no tendría una inspiración universal, sino que resultaría inevitablemente del todo subjetiva, incluso individualista, para terminar quizás  en la incomunicabilidad”.

¿Acaso no es ese el problema del hombre contemporáneo? Su verdad es subjetiva: “para mí la verdad es… “, “yo pienso que…”; como subjetiva, a menudo es incomunicable, se reduce simplemente a una vivencia personal. La belleza se limita a la moda, es fugaz, sirve aquí y ahora, tampoco tiene una aspiración universal.

Stavrou dice algo más: ese lugar es “reposo del alma”. No sólo descanso tras la etapa, sino reposo (es verdad que provisional) en una belleza y verdad adquiridas, a un alto precio, y capaces de dar sentido al resto del camino, a la vida. Es el reposo del entendimiento, del afecto y de la voluntad de quien ha descubierto la clave de la existencia.

Probablemente Santiago es la “prueba del nueve” del Camino. Quien a lo largo del itinerario únicamente ha surfeado por encima de las emociones o de las impresiones, quien simplemente ha tenido vivencias y no ha profundizado en su propia vida y en su sentido, se ve decepcionado en Compostela: la belleza y la verdad no son suficientes, el Camino no encuentra su significado. Es algo dramático. Pero quien no sólo ha descubierto cosas bellas y ha experimentado emociones nuevas, sino que ha buceado honestamente en sí mismo al encuentro de la verdad y del bien, como iluminación para su vida y la de todo ser humano, puede reconocer el sentido que la meta proporciona. Esa nueva relación consigo mismo, con las cosas y con los demás se proyectará sobre toda la vida. Santiago es simplemente reflejo de la nueva armonía adquirida (o más bien atisbada) para la vida, y proyección hacia la esperanza de una armonía trascendente, definitiva.


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