viernes, 1 de junio de 2012

Salir hacia los demás

Salvo que hagamos el Camino en una época del año en que no haya casi peregrinos, o que vayamos en grupo muy cerrado en sí mismo, la peregrinación nos pone en contacto con otras personas. Personas diferentes, con sus vidas, sus historias, sus manías, sus propios miedos, sus limitaciones…

El roce con desconocidos suele ser incómodo. Pueden incluso “saltar chispas”. Estamos muy acostumbrados a nuestro mundo de relaciones, de roles sociales. Yo son don fulano de tal, y en la vida estoy definido por mis vínculos familiares o profesionales, por mi estatus intelectual o económico. No me relaciono con determinada gente, o si lo hago es siempre manteniendo la distancia. Pero el Camino hace que a mi lado o encima de mi duerma alguien con quien probablemente jamás habría tomado contacto. Puedo pasarme las etapas quejándome de los demás, o de tal persona en concreto. Quizá un día le necesite, sienta su afecto y su generosidad. Quizá él tenga una expansión del alma conmigo y me haga partícipe de sus temores o de sus anhelos, y mi visión cambie. Si el camino es suficientemente largo, tendré oportunidad de descubrir a mi lado simplemente seres humanos, como yo, con sus grandezas y sus miedos, sus problemas y su genialidad.

Los teóricos (William A. Christiam) hablan de la interrupción de la sociabilidad propia de la vida corriente, marcada por el rol social diferenciado de cada uno, por unas relaciones establecidas durante años (la familia, el trabajo, el club…) y muy previsibles. La peregrinación rompe con esa sociabilidad, suspende esa programación e introduce en un mundo nuevo de relaciones, la communitas del Camino: relaciones mucho más sencillas, más horizontales, más espontáneas, gratuitas y fraternas, en la que los valores de solidaridad, compañerismo y camaradería, de cultura afectiva común, de memoria de las pruebas compartidas y vividas solidariamente, predominan sobre la disciplina de los roles y de la personalidad o personaje social.

Descubrir al otro, con su intimidad, cuando logramos vencer nuestros prejuicios y acercarnos a él (o dejar que se nos acerque), es también un acto gozoso y enriquecedor.


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