viernes, 1 de junio de 2012

Salir

La primera experiencia de la peregrinación es la salida.

Los días o meses de preparación quedan atrás:  la búsqueda de información, las indicaciones de otros que han hecho el Camino, la toma de decisiones, las compras, los preparativos… Atrás quedan las dudas y los miedos. “¿Qué pasará, podré con este reto, me sentiré solo, a quién conoceré, cómo me encontraré…?” Atrás quedan también las motivaciones. ¿Por qué ponerse en camino? Quizá la urgencia de salir de lo cotidiano, la rutina, desconectar de los problemas, poner orden en la propia vida; quizá buscar un poco de paz, sentirse libre; o simplemente vivir una aventura, un reto, una experiencia… O por fe.

Todo eso es necesario, pero no se entra en la experiencia de la peregrinación hasta el momento en que se atraviesa el umbral de la puerta y se sale.

«Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostrare” (Gen 12, 1). Abrahán, padre de todos los peregrinos, entra en la historia de la salvación justamente cuando cumple la orden escueta de salir, sin más detalles, sin siquiera saber a dónde se encamina.

Cuando Stavrou habla de “muerte simbólica a uno mismo y al universo cotidiano” se refiere a algo global (un universo), pero hecho de cosas muy concretas que el peregrino comienza a experimentar en cuanto sale.

Esquematizando, podríamos hablar de tres componentes: salir de las cosas,  salir de uno mismo, salir hacia los demás. Como iremos viendo, la misma salida nos adentra en la segunda fase: una iluminación, hacia la libertad, de nuestras relaciones con todo ello.


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