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Santo Domingo de la Calzada |
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lunes, 16 de febrero de 2004 |
A estas alturas del Camino ya puedes estar familiarizado con los milagros. Ya te han ocurrido muchas cosas raras, estupendas, asombrosas, cuyas causas, al menos, no sabes muy bien a quién atribuir. Ya estás en condiciones de aceptar milagro tan pasmoso como el del Gallo y la Gallina.
Entra en la catedral con las precauciones debidas al lugar santo,
recorres sus naves, contemplas el ábside, el retablo de Forment,
acércate al cenotafio del Santo y desde ahí contempla el famoso
gallinero y a sus no menos afamados gallo y gallina, descendientes
directos de aquéllos otros del milagro. Échale imaginación y recuerda
el milagro con lujo de detalles, rostros, vestidos, colores, griterío
del populacho, etc. El mundo medieval recreado en tu propia cabeza. Un
joven de dieciocho años, Hugonell, peregrina a Compostela acompañando a
sus padres. Es acusado injustamente de robo por una despechada moza de
mesón y ahorcado de manera expeditiva. Los padres, desolados, continúan
camino a Compostela y, a la vuelta, se acercan a la horca donde oyen la
voz del hijo diciendo que estaba vivo, que el santo, según otros el
Apóstol, le andaba sosteniendo por los pies. Corrieron los padres a
comunicarlo al corregidor, que insolente respondió que el mozo estaba
tan vivo como el gallo y la gallina que, previamente asados, se
disponía a trinchar en su mesa. Pero en ese momento el gallo y la
gallina saltaron del plato y se pusieron a pasear y cantar alborozados
sobre la mesa del incrédulo corregidor. Un trozo del madero de la horca
sobre el muro del arco que da acceso al ábside y el gallo y la gallina,
recuerdan permanentemente el milagro. Las fantasías medievales siempre
dejan huellas que inquietan nuestro corazón hasta hoy mismo.
Luego desciendes junto a los restos del Santo y le pides ojos para
contemplar lo maravilloso. Y de paso intenta conseguir una plumas que
pondrás en tu sombrero como la más gallarda prenda de los milagros que
Dios hace contigo cada día. |