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2004. febrero 16. |
La concentración iconográfica de las tierras que estás atravesando exige de ti un esfuerzo de asimilación. Ya no se trata de ver cosas para satisfacer tu curiosidad: a estas alturas has de ser capaz de comprender cuanto te sugiere la sabia pedagogía catecumenal del Camino. Carrión te ofrece una singular oportunidad. Aprovecha la tarde, cuando llegues, para adorar el Cristo Pantocrátor de la iglesia de Santiago, y para peregrinar espiritualmente por el claustro del Monasterio de San Zoilo. De vuelta al refugio, en la iglesia parroquial de Santa María, prepárate para un ejercicio de oración de diálogo con el Peregrino que te viene acompańando por el Camino.
La iglesia de Santa María contiene todos los estilos artísticos que
has venido encontrando por la Ruta: románico, gótico y barroco. Pero
más que suscitar un placer estético, este patrimonio intenta expresarte
distintas formas de hablar con el mismo Dios, el que se manifestó a los
hombres en Jesús de Nazaret, hijo de la gloriosa Virgen María, maestro
y amigo del apóstol Santiago.
Cuando la iglesia esté vacía, al anochecer, entra en ella y dirígete
hacia el retablo en el que está Cristo crucificado. Siéntate en los
bancos que están a sus pies y mira en oblicuo hacia los pies del
templo. Desde aquí se percibe perfectamente su estructura románica. El
arquitecto que la diseńó intentó reflejar en su sencilla perfección al
propio hombre, que ha de ser templo en el que habite el Espíritu Santo,
construcción coronada por el mismo Cristo, la piedra angular. Medita,
mientras contemplas esta estructura arquitectónica, la exhortación de
Pablo a los Efesios:
Ya no sois extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos dentro del
pueblo de Dios, estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y
profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, en quien todo
el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo
consagrado al Seńor y en quien también vosotros vais formando
conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por medio
del Espíritu, morada de Dios.
A continuación observa a la Virgen María, enfrente de Cristo
crucificado. Vete hacia ella, mirándola a los ojos y di aquella oración
con la que ha sido invocada desde tiempos remotos: la Salve.
Por último, vuelve desde allí tu vista hacia Cristo crucificado.
Observa cómo le contempla la Virgen, sonriendo a pesar de su terrible
contorsión. Jesús mira a la Madre, la madre mira a Jesús, y tú, como
otro discípulo amado, asistes a la grandiosa hora del Seńor, la de su
muerte redentora como camino de su definitivo triunfo pascual.
Acuérdate de aquellas palabras del evangelista Juan:
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto
amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al
discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento, el discípulo
la recibió como suya. |