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A Teremtő mindenben jelen van, különösen az emberekben. Az élet nem más, mint Istennel való találkozás. |
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Cruz de Ferro |
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2004. febrero 16. |
Seguramente ya sabes que al atravesar los montes de León por la Maragatería, un poco más arriba de Rabanal del Camino, te vas a encontrar la Cruz de Ferro. El lugar, en la cumbre de todo el paso, conserva un rito muy antiguo que consiste en arrojar una piedra al montículo que corona la cruz. El rito necesita cierta preparación.
Por los canchales del río Esla, en Mansilla, recoges una piedra que no lastre demasiado la mochila y puedas llevar entre tus manos, palparla, manosearla, acariciarla. De vez en cuando, habla con tu piedra, recítale el poema de León Felipe:

"Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeńa;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeńa
y
ligera..."
Cuéntale tus penas a la piedra... y tus alegrías. Ve cargándola de ti
mismo durante esos días hasta llegar a la Maragatería. Al tacto de tus
manos y tu espíritu, la piedra no es sólo piedra ya, se llena de
sentidos y llega a convertirse en símbolo, en figura de tu propio
espíritu, guijarro humilde del camino, de calzada, canto que rueda por
la vida... A partir de Rabanal toma la piedra entre tus manos y la vas
acariciando. En Foncebadón dejas que se te encoja el alma por las casas
derruidas, el templo convertido en establo y estiércol, las campanas
sin repiques, la fuente sin agua, la soledad de la ruina. Parece como
si el Mal se hubiera enseńoreado de la Maragatería y de tu propia vida.
Todo el mal de tu persona, el mal de la humanidad, el mal del mundo se
va significando en tu piedra. Recobras lentamente la calma contemplando
el Teleno y los valles que vas dejando a tu espalda. De pronto divisas
a lo lejos la alta Cruz de Ferro. Te acercas despacio al montículo y
piensas que todos los sufrimientos de los hombres, todas las noches
oscuras, todas las angustias han sido convocadas a este inmenso Gólgota
que corona el crucero. Cada piedra de él es una vida puesta a los pies
de quien es Seńor crucificado. Diriges una oración al Seńor a quien la
cruz representa: "Seńor Jesús, no es el mal quien tiene la última
palabra pues aquí estás tú elevado sobre todo en este eterno Gólgota
del sufrimiento del mundo. En tu cruz está crucificado el mal y, por
ello, salvado y redimido. Sálvame a mí, pequeńa piedra que ruedo por
los caminos de la vida. Asume tú mi mal y elévame y atráeme hacia ti
elevado por los siglos".
Te pones de cara a la Cruz, besas la piedra, cierras los ojos y la
arrojas con fuerza al montón. Deja que en él se diluya y se una a los
dolores del mundo entero que la cruz representa.
Cuando hayas terminado puedes sentarte un rato en la ermita de Santiago y contemplar el montículo y la cruz. |
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