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"Europa nació peregrinando a
Compostela”
Fr. Francisco J. Castro
Miramontes, OFM
“Paraos en los caminos a mirar,
preguntad por la vieja senda: ¿cuál es el buen camino?, seguidlo, hallaréis
reposo”
(Jeremías 6,16
I. La vida es un camino: la acción de peregrinar
El ser humano bien podría ser definido
como “ homo viator ”, ser que camina y que caminando se va abriendo a
nuevas experiencias y realidades antes insospechadas. Aquí, cuando hablamos de
peregrinación, nos estamos refiriendo a algo más profundo que un mero andar o
desplazarse. La peregrinación es sobre todo una experiencia religiosa, que nos
religa con Dios o con la trascendencia. Es una experiencia íntima, del corazón,
del ser entero que camina en busca de respuestas: dar sentido a la vida misma
que tantas veces se nos manifiesta misteriosa. Se trata, en fin, de hacer
camino por dentro, viajando hasta las entrañas de nuestra esencia más pura.
La peregrinación del alma es un fenómeno
existente en distintos espacios religiosos y culturales. La práctica de hacerse
al camino era ya conocida en vetustas culturas del ámbito oriental
(Mesopotamia, la India, China), también en el mundo clásico de la magna Grecia
y en la cultura faraónica del antiguo Egipto. La Sagrada Escritura es antes que
nada la historia de la salvación entendida como un camino en el que Dios
(Yahvé) se va revelando a su Pueblo. Es más, la Biblia puede ser considerada
como el relato de una gigantesca peregrinación cósmica de toda la Humanidad y
de la creación entera hacia un destino común de felicidad total y absoluta,
desde los orígenes de la creación hasta las postrimerías: la recapitulación de
todo en Cristo: alfa y omega, el primero y el último.
Así, los textos sagrados nos presentan
al patriarca de la fe Abraham como aquel que ha de hacerse al camino saliendo
de su tierra al encuentro de Dios en aras de la salvación. El Dios de Abraham
es el Dios que se hace al camino al encuentro íntimo con su criatura. Por su
parte los profetas son aquellos hombres que salen de sí mismos, de sus
seguridades, para complicarse la vida como portavoces divinos. De esta
experiencia profundamente mística surgiría el Pueblo de la Alianza, que es el
pueblo que peregrina, camino del destierro primero, y luego de vuelta a sus
raíces en la tierra de promisión.
Jesús de Nazaret también asumió como
propio este estilo de vida viviendo en constante itinerancia por tierras de
Galilea y Judea, normalmente en torno al lago de Genesaret. También Él
peregrinó a Jerusalén por la Pesaj (la pascua judía). Y sus discípulos,
siguiendo la estela de su maestro, se sintieron “ enviados ” (apóstoles)
al mundo para predicar la buena nueva del Amor de Dios que se manifestó de modo
definitivo en Jesús de Nazaret, el “ Ungido ” (Cristo), quien llegó a
autodenominarse “ camino ”. De hecho el cristianismo de la primera hora
fue conocido como “ el camino ”.
Salvo raras excepciones, (es el caso de la concepción del autor del famoso
libro Imitatio Christi para quien “ qui multo peregrinatur raro
sanctificatur ”) el catolicismo tuteló a quienes se decidían a viajar, “ pietatis
causa ”, a algún lugar santo, normalmente en el que se veneraban las
reliquias de algún ser humano que había destacado en vida por encarnar con
radicalidad el Evangelio. Y esta práctica, fuera de ir desvalorizándose, ha ido
en aumento en los últimos tiempos: Roma, Tierra Santa, Fátima, Guadalupe,
Lourdes, Asís, Czestochowa o San Giovanni Rotondo, son algunos lugares que
forman parte de la historia de las peregrinaciones, son lugares santos del
catolicismo. Y entre ellos está también un lugar, una ciudad nacida de un
milagro: SANTIAGO DE COMPOSTELA y su CAMINO.
La vida es camino, tensión constante hacia lo máximo, lo mejor de nosotros
mismos. La vida es un misterio que sólo se resuelve a través de la praxis y de
la experiencia de crecimiento y maduración. Andrés Torres Queiruga lo ha
definido muy bien: “ El camino ha simbolizado y sigue simbolizando con
peculiar energía toda la honda significación del homo viator, del hombre y de
la mujer que, trabajados por el hambre de trascendencia, quieren recorrer la
vida hasta los límites extremos de su ser.. .”.
Antonio Machado arengó al caminante de todos los tiempos con la fuerza de
evocación de la poesía. Ya sabemos que en realidad no hay camino, que “ se
hace camino al andar ”. Y cada persona tiene el suyo personal, un camino
virgen por el que nadie aún ha transitado, ni va a transitar jamás. Bien visto,
somos creadores de caminos, forjadores de nuevos senderos que descubrimos en la
medida en que vamos desbrozando la maleza que nos impide avanzar con paso
firme. El camino tiene valor intrínseco, aunque esté en función de una meta
final, porque en el fondo lo decisivo no es el llegar sino el ir, porque la
única manera de alcanzar la meta propuesta es caminando hacia ella. El destino
es el mismo viaje, el propio camino es ya la meta.
II. La peregrinación jacobea
El Camino de Santiago es uno de los fenómenos más singulares y
desconcertantes de los últimos tiempos, habida cuenta de que se ha convertido
en una de las rutas más transitadas por personas que aún se atreven a emprender
la verdadera peregrinación: la del alma, buscando en las entrañas de la vida la
felicidad, la verdadera, la que brota desde lo más íntimo del ser, esa
felicidad que nadie nos puede dar porque habita en lo más profundo del corazón.
La peregrinación jacobea es un cúmulo de elementos que hacen de esta
experiencia un factor determinante en la transformación de las personas. El
Camino es en sí mismo la meta, un rico tesoro de significados que permite al
ser humano contemporáneo recuperar el valor de lo trascendental y lo simbólico,
de modo que recobremos las raíces del ser: la bondad original. Carlo María
Martini llegó a escribir que “nadie puede detenerse en su camino porque la
vida empuja desde dentro”. La esencia del ser humano radica en su ser
interior (decía San Agustín que la verdadera vida, la que merece la pena ser
vivida, es la interior).
En este camino, en la vida, nunca es tarde para rectificar. El dicho
popular lo confirma: “rectificar es de sabios”. La mujer y el hombre
conscientes de sí mismos y de cuanto les rodea están haciendo de sus vidas una
tierra fértil. Sabio es el humilde que se deja interpelar e instruir por las
personas y por los acontecimientos. Dejó dicho Tucídides que “la historia es
un incesante volver a empezar”. Siempre estamos aprendiendo, somos
aprendices de novedades.
Es ese incesante volver a empezar lo que nos mantiene despiertos, con la
conciencia despabilada para captar los signos que se manifiestan en el ámbito
de lo ordinario, los mensajes que la realidad misma nos va ofreciendo
constantemente. La vida nos brinda la oportunidad de crecer a cada instante, de
avanzar, de volver a empezar de nuevo renovando constantemente el compromiso
con este don y misterio de ser personas humanas, y todo en el hoy posible, ya
que el mañana no es más que un hoy proyectado hacia el futuro.
Y todo esto es posible experimentarlo caminando hacia Santiago de
Compostela, un lugar en el que se hace posible la solidaridad más profunda, la
del hombre o la mujer que a través del esfuerzo van aprendiendo a compartir el
pan, el techo, y la amistad. Los peregrinos, los verdaderos, los que caminan
por fuera y por dentro ofreciendo lo mejor de sí mismos, son quienes hoy en día
mejor pueden hablar del sentimiento de unidad europea, o más aún, del
sentimiento de solidaridad profunda con la Humanidad, con la creación entera.
III. Europa nació peregrinando a
Compostela
El siglo IX supuso el inicio del fenómeno de las peregrinaciones a la casa
del señor Santiago. En una noche estrellada un monje comenzó a forjar un sueño
que se convertiría en el cimiento de la identidad europea. En el año 800
Carlomagno fue coronado emperador de Occidente en Aquisgrán, primer paso para
la constitución de un estado de cosas basado en la vieja idea de un imperio
único que cuajó en el Sacro Imperio Germánico Romano, lo que supuso un nuevo
impulso también para el cristianismo. Se iniciaba así una fase decisiva en la
historia del Occidente cristiano.
Todo sucedió en una noche estrellada allá por el año 813 (aunque algunos
historiadores sostienen que pudo haber sido más bien hacia el año 830). Fueron
testigos del milagro un bosque y un eremita llamado Paio. Son prolijas las
leyendas en urdir con ingenio lo que nadie pudo contemplar sino aquel solariego
ermitaño que, como todo místico, supo ver más allá de las apariencias, leyendo
en la noche lo que la historia y la vegetación habían sepultado.
Cuenta la fe popular que Paio fue testigo nocturno del resplandor especial
de una estrella que se posaba sobre un lugar sito en medio de la maleza del
bosque. Sorprendido decidió alertar a Teodomiro, a la sazón obispo de Iria
Flavia. Allá acudieron el obispo y su séquito para descubrir en medio de la
espesura del bosque un edículo de mármol (de ahí que se cite en los primeros
documentos más antiguos como arca “ marmórica ”) en el que estaban
supuestamente depositados los restos que pronto fueron tenidos por los de
Santiago Zebedeo y sus discípulos Teodoro y Atanasio. Se cercó el lugar y, tan
pronto tuvo noticia del evento, acudió el rey Alfonso II desde Oviedo, el cual
mandó construir una iglesia nombrando al Apóstol patrón de sus reinos. La
noticia se extendió por toda Europa como un río en crecida. Y así, en el 838,
Floro de Lyon citaba ya en su Martirologio el culto santiaguista de
raíces hispanas. Lo mismo sucedió con otro martirologio de la época: el de
Usardo de Saint Germain des Pres .
Del hecho milagroso guarda memoria el nombre de la urbe que tuvo el honor
de custodiar tan preciados restos: COMPOSTELA (que según unos proviene del
latín “ campus stellae ”= “campo de la estrella”, o de “ compositum
tellos ”= “sepulcro bien cuidado”). La fe hizo posible el milagro. Siglos
más tarde escribiría Sánchez Albornoz: “creyó la cristiandad y el viento de
la fe empujó las velas de occidente y el auténtico milagro se produjo”.
Desde entonces, Compostela es un milagro perenne que se perpetúa en el arte, la
historia y la espiritualidad.
Vinieron luego siglos de gran esplendor atestiguado por las crónicas de
diversas peregrinaciones. También la historiografía franciscana se suma para
engrandecer la historia jacobea. El convento de San Francisco, en la ciudad
compostelana, se precia de haber sido fundado por el “Poverello” de
Asís: “En los comienzos de la fundación de la Orden, cuando aún eran pocos
los hermanos y no habían sido establecidos los conventos, San Francisco fue,
por devoción, a Santiago de Galicia, llevando consigo algunos hermanos, entre
ellos al hermano Bernardo… Llegados allí, se hallaban durante la noche en
oración en la iglesia de Santiago, cuando le fue revelado por Dios a San
Francisco que tenía que fundar muchos conventos por el mundo, ya que su Orden
se había de extender y crecer con una gran muchedumbre de hermanos. Esta
revelación movió a San Francisco a fundar conventos en aquellas tierras” (Florecillas,
IV).
Luego vinieron las leyendas, a veces caprichosas, a llenar el vacío que
deja la historia para hacer de Francisco un peregrino más, peregrino ejemplar
que asumió en su propia vida evangélica ese estar en camino hacia la casa del
Padre. Sabemos también que dos de los primeros compañeros de Francisco se
dirigieron a Compostela, de igual manera que vosotros lo hacéis en este nuevo
milenio: “Por este tiempo, los hermanos Bernardo y Gil emprendieron el
Camino de Santiago…” (1 C 30).
La Reforma Protestante supuso en, buena medida, un freno al desarrollo de
la peregrinación jacobea. Habría que esperar hasta el siglo XX para que un
hombre amante del Camino se lanzase a las rutas para recuperar los vestigios
del, así llamado, “camino francés”. Se trata de Elías Valiña, párroco de O
Cebreiro (Galicia-España), que tomando como base los datos que ofrece el Codex
Callixtinus (documento del siglo XII cuya autoría es atribuida
principalmente al monje Aymeric Picaud), recuperó la universalidad de la
peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago. En los últimos años la
peregrinación se ha hecho masiva. Así por ejemplo, en este Año Santo
Compostelano (es Año Santo Compostelano cada vez que el día de la fiesta de
Santiago, 25 de julio, cae en domingo) se cree que rondamos ya los 6 millones
de visitantes, de ellos casi 200.000 peregrinos, es decir, personas que vienen
a pie, en bicicleta o a caballo, entendiendo por peregrino aquel hombre o
aquella mujer que viene a Santiago -según el parecer del literato italiano
Dante Alighieri-, siendo “romero” el que va a Roma, y “palmero” el que va a
Tierra Santa.
En el año 1982, el Papa Juan Pablo II peregrinó por primera vez a Santiago
de Compostela, fue entonces cuando pronunció unas palabras de claro sentido
europeísta: “ Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde
Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a ser tú
misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces… Reconstruye tu unidad
espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las
genuinas libertades… Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de
progreso para el mundo.
Y es que quizás muchos no sepan que el Camino hunde sus raíces en la
historia, una historia milenaria que ha tenido una gran repercusión, sobre todo
en la época medieval, y que tiene mucho que ver con el surgimiento de un
sentimiento de unidad en la pluralidad dentro del concierto de pueblos que
desde antiguo pueblan la vieja Europa. El gran literato germano Goethe llegó a
escribir que “Europa surgió peregrinando a Compostela ”, y no le faltaba
razón al poeta. El Camino fue durante siglos la columna que vertebró la unidad
de un continente disgregado y enfrentado.
Sólo el amor hará posible una nueva civilización basada en la solidaridad,
es decir, en el reconocimiento y respeto de la dignidad humana. Europa se
construye caminando a Compostela, a través de una senda de solidaridad, de
justicia y de paz. Como los peregrinos medievales también yo os digo: Ultreia
(ánimo) en los caminos de la vida.
Fr. Francisco J. Castro
Miramontes, OFM
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