Título: Jesús, el peregrino. Autor: Juan Antonio Torres Prieto. Publicación: Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1998. ISBN: 84-7914-392-4
Índice
- Introducción
- Capítulo
I. La experiencia del peregrino
- El lugar
santo
- El tiempo
santo
- La vida
del peregrino
- La perecepción
del peregrino
- Capítulo
II. La peregrinación de Dios. El Antiguo Testamento
- Abrahán,
nuestro padre en la fe
- El éxodo:
la Pascua de Israel
- Jerusalén,
meta de las peregrinaciones de Israel
- Los profetas
y la peregrinación
- La meditación
sapencial del Éxodo
- Capítulo
III. Jesús de Nazaret, el Dios Peregrino
- La noción
de peregrinación en san Pablo
- Jesús,
el peregrino de los sinópticos
- La peregrinación
de Jesús en el evangelio de san Juan
- La simbología
de peregrinación en el Apocalipsis
- La Carta
a los Hebreos: Cristo, camino viviente
- Capítulo
IV. La vida cristiana como peregrinación
- Conclusión
Extractos
"A lo largo
de la historia, los cristianos han peregrinado a Jerusalén, a Roma y
a Compostela, con la esperanza de establecer contacto con Jesús, aquel
peregrino que pasó por nuestro mundo abriéndonos camino para ir
hacia Dios. En nuestros días, la necesidad de peregrinar adquiere una
especial urgencia. Hay que ponerse en marcha, hay que romper con tantos intereses
creados por una sociedad culturalmente cristiana pero cada día más
increyente, hay que buscar la autenticidad de la fe. Necesitamos recuperar el
estatuto peregrino de Abrahán, de Moisés, de Elías... para
experimentar la presencia del Dios vivo. Y esto sólo se consigue en la
inseguridad creyente del peregrino; en el compromiso existencial de la fe; en
la vivencia del misterio desafiante del Seńor Peregrino, del único
Peregrino capaz de caminar hacia el corazón paternal de Dios.
(...) el núcleo
del la experiencia del peregrino se halla en una progresiva e imparable transformación.
Nunca regresa a casa el mismo que salió de ella. He aquí el gran
milagro que se produce a lo largo de la marcha. Esto no lo genera tal o cual
paraje, ni el acceso a santuario alguno, por muy importante que pueda ser. Sólo
la fuerza de Dios opera esta profunda e inequívoca transfiguración.
No en vano, a medida que el caminante se va convirtiendo en peregrino, deja
de ser un hombre profano para adquirir una condición sagrada. El peregrino
es un hombre santo, consagrado a una actividad sagrada, que transita por una
vía sacra y que se dirige hacia un santuario durante un tiempo salvífico
en el cual se dispone interiormente al encuentro con el Otro, cuya compańía
percibe inequívocamente en el silencioso transcurrir de su marcha.
(...) El camino
que Israel recorre no carece de importancia. Para todo peregrino, la ruta se
erige en pedagogo que le dispone al encuentro final con Dios. El desierto que
atravesó Israel fue la escuela en la que aprendió a seguir incondicionalmente
a su Seńor
(...) En esta pedagogía
divina se descubre el aspecto ambivalente del desierto: peregrinado por él,
el caminante encuentra al Dios que le ama y le acompańa, y que no permite
que sucumba. Pero, al mismo tiempo, es el escenario de una intensa prueba. Hambre,
sed, caminar incesante y agotador, cansancio acumulado, suponen humillaciones
y tentaciones temibles cuando se prolongan excesivamente. Dios se vale de tales
medios para inculcar a su pueblo la fe, entendida como confianza sobrenatural
y ofrenda radical del propio destino.
(...) El Jesús
de los sinópticos convoca a cuantos se cruzan en su camino a compartir
su peregrinación. Se dirige a personas concretas, pero detrás
de ellas late una llamada personal a cada hombre en su intangible singularidad.
Se trata de una auténtica peregrinación para cada cristiano, en
el tiempo santo inaugurado con la resurrección del Seńor, hacia
el santuario celestial. El camino hacia Dios ha sido posibilitado por la previa
peregrinación pascual de Cristo; de tal modo que, participando en su
muerte, tenemos la esperanza de resucitar a su vida sin ocaso".
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