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1. Con motivo de la apertura de la Puerta Santa, que seńala
el comienzo de Ańo Jubilar Compostelano 2004, primero del tercer milenio del
Cristianismo, envío un cordial saludo a los pastores y fieles de esa
Archidiócesis de Santiago de Compostela y a los queridos hijos de Galicia.
Asimismo, me uno espiritualmente, ya desde ahora, a los peregrinos que desde el
resto de Espańa, Europa y los más recónditos ligares de la tierra, se
encaminarán de muy diversas maneras hacia la tumba del Apóstol Santiago,
movidos por el deseo sincero de conversión.
A lo largo de la historia han sido innumerables los hombres y mujeres que se
han dirigido hacia el llamado “Finis térrea” con espíritu de oración y de
sacrificio. Sus huellas anónimas, siguiendo la dirección de la Vía Láctea,
fueron conformando el Camino. La peregrinación jacobea nos habla de los
orígenes espirituales y culturales del viejo Continente, pues la Iglesia y
Europa son dos realidades íntimamente unidas en su ser y en su destino (cf.
Ecclesia in Europa, 108). Por ello, a pesar de la actual crisis cultural que,
en ciertos aspectos, repercute en la vida de algunos cristianos, debemos
reafirmar que el Evangelio sigue siendo una referencia fundamental para el
Continente. Yo mismo he peregrinado en dos ocasiones a esa Ciudad, llamado con
razón “capital espiritual de la unidad europea”. De ello conservo un recuerdo
imborrable.
2. La Iglesia Compostelana, que desde tiempo inmemorial ha
recibido el privilegio de custodiar el Sepulcro del Amigo del Seńor, se siente
llamada a acoger generosamente y transmitir el sentido profundo de la vida,
inspirado en la fe que Santiago, el Boanerges (cf. Mc 3, 17), proclamó.
Por ello, el Camino de Santiago, a través del cual tantos peregrinos han
purificado y acrecentado su fe a lo largo de la historia y que ha dejado su
impronta netamente cristiana en la cultura humana, no puede olvidar su
dimensión espiritual. El fenómeno jacobeo, que hace únicamente referencia al
secular itinerario a Compostela, no puede desfigurar su identidad a causa de
los factores culturales, económicos y políticos que conlleva. Cualquier
iniciativa que intenta desvirtuar o adulterar su carácter específicamente
religioso sería una tergiversación de sus auténticos orígenes. A este respecto,
el peregrino no es, pues, sólo un caminante: es, ante todo, un creyente que, a
través de esa experiencia de vida y con la mirada fija en la intrepidez del
Apóstol, quiere seguir fielmente a Cristo.
“Peregrinos por Gracia. żQué conversación es la que lleváis por el camino?”
Este lema del presente Ańo Santo hace referencia al relato evangélico de los
discípulos de Emaus y es una imagen del peregrinar cristiano, muy adecuada para
los peregrinos del nuevo milenio.
3. A través de los siglos, la esencia de la peregrinación a
Santiago de Compostela ha sido la conversión al Dios vivo a través del
encuentro con Jesucristo. La celebración de este Jubileo se propone también
como camino de conversión. En efecto, gentes de todos los Continentes se darán
cita en Compostela para confesar su fe cristiana e implorar y acoger el perdón
de Dios misericordioso, cuya plenitud se manifiesta en la gracia de la
indulgencia jubilar que conlleva la remisión total de la pena temporal debida
por los pecados. El peregrino, abandonando progresivamente su comportamiento
anterior, está llamado a revestirse del “hombre nuevo”, asumiendo la nueva
mentalidad propuesta por el Evangelio. El rito del Botafumeiro es, por otra
parte, signo de su purificación, de su nuevo ser ofrecido como incienso que
sube a la presencia del Seńor.
La peregrinación a la Basílica Compostelana durante el Ańo
Jubilar ha de suponer, pues, un renovado impulso para la comunidad cristiana en
el empeńo de revitalizar la fe. Para ello son esenciales los sacramentos de la
Penitencia y la Eucaristía.
El gesto tradicional del abrazo al Apóstol, testigo y mártir de Jesucristo,
simboliza la acogida gozosa de la fe que Santiago el Mayor predicó sin desmayo
hasta dar su vida. Por eso, la Ruta jacobea no es solamente una meta. Cruzando
el umbral del majestuoso Pórtico de la Gloria, los peregrinos, orientando su
vida a la luz de las Escrituras, retornan a sus lugares de origen para ser allí
testimonios vivos y creíbles del Seńor.
De este modo, los dinteles de esta Puerta de gracia, evocadora imagen de la Jerusalén
celeste, serán testigos de la audacia de quienes no temen el futuro ni los
obstáculos que aún quedan por superar para que se manifieste la humanidad
nueva, y nos recordarán que la vida misma es un camino por Cristo hacia Dios
Padre en el Espíritu.
4. La peregrinación, pues, a pesar de su dureza y fatiga, es
un anuncio gozoso de la fe. Un camino personal en el que los peregrinos,
siguiendo el ejemplo del “Hijo del Trueno”, se convierten en intrépidos y
celosos apóstoles. Con su caminar reflexivo, entregados a la intimidad con el
Seńor en la oración y el silencio, apoyados en el bordón de su Palabra,
contemplando las maravillas que el Creador plasmó en la naturaleza, con su
ascesis personal, ligeros de equipaje y provisiones, evitando los peligros de la
experiencia gnóstica de preocupantes movimientos pseudoreligiosos y culturales,
son invitados a anunciar el Reino de Dios.
El Camino es, además, un espacio y tiempo para el diálogo, la reconciliación y
la paz; un itinerario de fraternidad espiritual y un impulso del compromiso
ecuménico de acuerdo con la vocación universal de la Iglesia. La hospitalidad,
característica inherente a la peregrinación, supone también una importante
aportación a la actual sociedad europea, donde el fenómeno de la migración requiere
una particular atención.
5. Este Ańo Santo nos ofrece una ocasión propicia para
impulsar, con renovado vigor, el compromiso con los valores de la Buena Nueva,
proponiéndoles persuasivamente a las nuevas generaciones e impregnando con
ellos la vida personal, familiar y social.
A ello se orientan las diversas actividades pastorales programadas para el
Jubileo, particularmente la reunión de la Comisión del Episcopado de la
Comunidad Europea (COMECE) y el Encuentro Europeo de Jóvenes. Son acontecimientos
que manifiestan la vitalidad de la fe de la Iglesia fundada en la predicación
apostólica y que deben proyectarse fraternalmente hacia América y los demás
Continentes. Compostela debe seguir siendo voz profética, faro luminoso de vida
cristiana y de esperanza para las nuevas vías de la evangelización (cf.
Discurso en la plaza del Obradoiro, 19 agosto 1989,2).
6. A Santa María del Camino, Virgen Peregrina, icono de la Iglesia en marcha por
el desierto de la historia, que acompańará a los peregrinos en su itinerario
penitencial, y a la protección del Seńor Santiago, que les acogerá sonriente a
su llegada al Pórtico de la Gloria, encomiendo este Ańo Jacobeo en la confianza
de que los frutos abundantes de esta celebración jubilar ayuden a revitalizar
la vida cristiana, manteniéndonos firmes en la fe, seguros en la esperanza y
constantes en la caridad.
Con tales deseos, y en seńal de benevolencia, les imparto complacido la
Bendición Apostólica.
Vaticano, 30 de noviembre de 2003, I Domingo de Adviento
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