Si tenemos el valor de perseverar, la vida nos recompensará con una plenitud serena, distinta del entusiasmo inicial, con menos energía quizás, pero mucho más cierta.
Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente
creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito
cuando éste al fin se materialice. El triunfo no es más que un proceso
que lleva tiempo y dedicación.
Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar
otros. Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de
paciencia.
Tiempo... Cómo nos cuestan las esperas. Qué poco ejercitamos la paciencia en este mundo agitado en el que vivimos...